jueves, 28 de febrero de 2019

Eros estaba nervioso. No era para menos. 

Los disparos lejanos y algún que otro grito fugaz se seguían oyendo a una distancia notable a pesar de que habíamos asegurado toda la casa. Persianas bajadas, puertas cerradas a cal y canto e incluso conductos de aire sellados, por si las moscas. El corazón nos latía con fuerza a Liam y a mi, a la par que los nervios se desbordaban por los poros de nuestra piel. Que Eros lloriqueara de vez en cuando era tan normal que no me preocupé. Sí me preocupé, sin embargo, de lo que pudiera ocurrirle una vez saliésemos y fuésemos a toda prisa hacia la zona de evacuación. Era un perro tranquilo y dócil, lo que hizo que me enamorase de él en apenas una semana de convivencia. Sin embargo, su punto fuerte era la fidelidad. No dudaba en enseñar los dientes si sentía que algo nos podía llegar a poner en peligro, y mucho menos, sería capaz de separarse de mi un solo instante. Aquello eran aspectos que pocas veces me habían preocupado, pero ahora... lo que menos quería era que llamase la atención.

—¡Liam! ¡Tenemos que irnos! —grité. Mi hermano estaba en la planta superior, recogiendo tantas cosas como le parecieran necesarias. Le había sugerido cuales eran aquellos útiles que podrían venirnos bien si íbamos a pasar una temporada fuera de casa mientras buscaba una mochila grande y eficaz para el viaje. No quise molestarle en su búsqueda, pero algo me decía que no me haría demasiado caso. Por ello, incapaz de estar quieta y mantener la paciencia, comencé a rebuscar cosas en la cocina. Mi mochila, la cual llevaba sujeta a la espalda, estaba casi completa. En los cortos minutos que me detuve en mi propia casa para recoger mis cosas, conseguí guardar un par de camisetas limpias y unos vaqueros que ya estaban usados, además de compresas, comida en lata y un pequeño botiquín que siempre guardaba en el cajón bajo el lavabo. Quizás me estaba volviendo loca y me estaba dejando llevar por todas aquellas películas de catástrofes que Liam y yo habíamos visto juntos de pequeños, aquellos fines de semana en los que ninguno de los dos teníamos mayores responsabilidades que las de lavarnos los dientes antes de acostarnos. Pero, recordando todo cuanto había visto en aquella última hora... temía que mi equipaje fuese poco. 

Los muebles de la cocina de Liam estaban sucios y llenos de grasa. La encimera estaba repleta de vasos y platos sucios, con restos de comida de hacía un par de días. También había cajas de galletas, de cereales y de pizza abiertas y vacías. Cuando abrí el frigorífico con la esperanza de encontrar algo útil, sólo encontré latas y latas de cerveza. Literalmente, allí no había comida. ¿Como diantres se estaba alimentando Liam aquellos meses? Nunca había sido un hombre descuidado, muy a pesar de su comportamiento y vicios. Pero aquello... aquello era una locura.
—Todo listo —anunció mi hermano tras bajar las escaleras pegando saltos. Se había vestido con un abrigo de lo más cálido, con bolsillos exteriores e interiores. Conocía ese abrigo porque lo tenía desde hacía muchos años. Sólo de recordar aquellos tiempos se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Que has cogido?
—Llevo ropa, un par de navajas, papel... eh... —se detuvo para pensar —Mi móvil —añadió. Yo también llevaba mi propio móvil e incluso un cargador. No dejaba de tener el presentimiento de que me llamarían de comisaría para decirme que me había metido en un buen lío. Cuando una ciudad entera debía ser evacuada... ¿La policía también contaba? —Y un par de cosas más. ¿Llevas comida?
—Sí, y da gracias a ello, porque si no llevase nada morirías de hambre —gruñí. Salí de la cocina para tomar la correa de Eros y suspirar. —Vayámonos ya.

Abrir la puerta de la casa fue quizá uno de los actos más valientes que ambos compartimos. No se nos olvidaba que hacia escasos minutos, una de esas personas infectadas, por lo que demonios fuera, había atacado a una persona en la misma calle en la que nos encontrábamos. Que eran peligrosos ninguno lo dudábamos ya. Por ello, sujetando el arma con manos temblorosas, me abrí paso hasta entrar en el vehículo. Por suerte, no nos encontramos con nadie. El silencio volvía a ser sepulcral, tan inmenso, que ni si quiera se oían animales. —Bien, arranca ya. —ordenó Liam con tensión en la mandíbula. Se había sentado a mi lado tras dejar a Eros amarrado en los asientos de atrás. Sin mediar más palabra, introduje la llave y puse el coche en marcha. Ya no había necesidad de poner luces, de llamar la atención o de buscar una alternativa. Sólo teníamos que llegar.

Y llegar, no fue tan fácil.

La salida oeste de la ciudad estaba lejos y cruzar las calles no fue tarea fácil. Había decenas de coches mal aparcados en mitad de la calle, acompañados de un reguero de suciedad horrible. Cuanto más nos acercábamos al punto de evacuación, más personas encontrábamos. Muchos iban a pie, corriendo, y otros, conducían a toda prisa por la ciudad aun a riesgo de que se estrellasen contra una pared. Y la carretera... la carretera estaba llena de cadáveres y sangre. —Esto no puede ser verdad... —murmuré.
—No... No te pongas nerviosa ¿Vale? —pidió Liam, tan nervioso como yo —Tenemos que mantener la calma. Si no mantenemos la calma, no vamos a salir de aquí.
—Liam... Mira... —. Frente a nosotros, una oleada de personas que caminaban torpemente, cubiertas de sangre y podredumbre, empezaron a acercarse a nuestra dirección. La gente salió corriendo despavorida, y mucho de ellos hacia nosotros. Se volcaron sobre nuestro coche, haciéndome gritar de terror y haciendo que Eros se pusiese increíblemente nervioso.. Pidieron auxilio, intentaron abrir las puertas e incluso detener el coche. Quise ayudar, juro que quise ayudar a todas aquellas personas que estaban a punto de ser atacadas por las criaturas. Pero no pude.
—¡Pisa el acelerador!—ordenó Liam. Como un autómata hice lo que me pidió mientras que él de un tirón giró el volante. En un abrir y cerrar de ojos, habíamos girado en el cruce en el que nos encontrábamos y habíamos optado por otro camino. Las personas que estaban sobre el coche salieron despedidas, mientras que otras intentaron seguirnos el paso sin éxito alguno.
—¡Esa gente va a morir ahí!—informé sin dejar de conducir.
—¡Olvídate de tu honor y tu deber, Nelly! ¡¿A caso no estás viendo como está todo?!—. No hacía falta que Liam me esclareciese nada. Mis propios ojos eran testigos de la carnicería que estábamos cruzando. Cuando salí de mi casa, las calles no estaban así... y apenas una hora después... aquella no parecía mi ciudad de siempre. —Aquí ya no eres policía, sino una más —continuó —No debemos fiarnos de nadie, no hasta que sepamos qué son esas cosas y qué provocan.
—No... No son zombies —intenté auto convencerme con la barbilla temblorosa.
—Pues para no serlo... se parecen demasiado...

Mucho antes de llegar a la salida oeste, centenares de personas se empezaban a congregar, todas hacia una misma desembocadura. Un par de helicópteros sobrevolaban la zona con enormes focos apuntado hacia nuestras cabezas, hacia un mar de gritos y desesperación. Conducir más fue imposible. La gente bajaba de sus respectivos coches, dejándolos en mitad de la carretera y sin seguridad alguna. Empezaban a formar lo más parecido a una barricada metálica infranqueable, incluso para nosotros, pues no nos quedó más remedio que imitar lo que el resto de personas hacía. Sujeté la correa de Eros con tanta tensión que temí hacerle daño con un mal tirón. Temía que se pusiese tan nervioso que se escapase y no lo volviese a ver. Era innegable que estaba asustado, con el rabo entre las piernas.
—Vamos, vamos.
Caminamos hacia donde todo el mundo lo hacía. Entre nosotros había gente herida, algunos ni si quiera podían correr con normalidad, pero nadie parecía querer prestarles atención. A paso rápido, adelantamos a docenas de familias e intentamos situarnos lo más cerca posible del punto de evacuación, el cual ni si quiera visualizábamos. —Está demasiado lejos aún —dije con miedo.
—Maldita sea ¡Eh, a que esperan, vamos! ¡Joder! —comenzó a gritar Liam. Frente a nosotros, se había formado un tapón de personas. Todos querían llegar rápido y encontrarse seguros. Muchos estaban peleándose, golpeándose y cayendo al suelo en una rencilla para llegar los primeros que, el resto, una vez más, ignoraba. Aquello era una locura. Demencial. —¡Vamos, me cago en la puta! ¡¿A que esperáis?!— insistió, comenzando a dar empujones sobre las personas a las que tenía delante.
—¡Eh, eh!— intenté detenerle mientras le sujetaba del brazo. Eros comenzó a ladrarle al entender que había algo en él que no me gustaba.
—¡Esta gente no avanza! ¡¿Que es lo que no entienden de una evacuación?!— preguntó frenético. tenía una mirada tan desquiciada, que me hubiese preocupado y extrañado de no ser por la situación que estábamos viviendo.
—Todos quieren irse, Liam. Pero somos demasiados —intenté explicarme. 
—¡Pues no me pienso quedar aquí! ¡Joder!
—¡Relájate! ¡¿Quieres?!
—¡Tenemos que salir! ¡Aparta de ahí, capullo! —sentí que Liam no había elegido a su victima de forma premeditada, sino que tomó a una persona de enfrente al azar y la arrojó al suelo. Por un momento, me quedé en blanco. Después, entendí que el problema se agravaba. 
Nathan

A paso ligero fui cruzando calles y más calles. Me quedaba bastante para llegar ¡Joder, si es que prácticamente era la otra punta de la ciudad! Afortunadamente, no había tráfico. Las carreteras eran caminos alternativos de alquitrán seco, tenuemente iluminados con fantasmagóricos semáforos que cambiaban de color según su programación de tiempo sin que ningún vehículo obedeciera sus normas. Sentí un terrible escalofrío en la nuca al percatarme de la inmensa soledad en la que se veía asolada la ciudad.

No fue hasta alrededor de 10 minutos después de camino continuo hasta que encontré señales de vida. Una furgoneta oscura como la misma noche se avanzaba despacio por la carretera, con las luces encendidas y un par de focos en las ventanillas laterales iluminando las calles. Reconocí los emblemas que llevaba impresos en el frontal, sobre la luna delantera y en los laterales sobre las puertas correderas de la zona trasera: una serpiente de tres cabezas rodeando un cáliz, una total perversión del símbolo de la Copa de Higía, sobre la sanidad y la farmacia. Compañeros de la F.E.S.E. ¿En qué mejor momento para encontrarme con ellos? Estaba solo, nadie nos oiría sobre los asuntos que pudieran estar sucediendo. Tal y como esperé, frenaron su avance lentamente cuando uno de los focos me iluminó. Las puertas se abrieron con celeridad y dos efectivos bajaron del automóvil con los rifles en ristre, apuntándome. Los láseres rojos me dieron en los ojos por un instante, cegándome —El objetivo responde a estímulo visual— comentó uno de ellos mientras me frotaba los párpados.
—¿Pero qué coño os pasa?— pregunté, alterado —¿Qué procedimiento es este?—
—Capacidad de habla. No parece infectado. No hay heridas visibles— narraba el tipo mientras se acercaba a mí.
—Soy compañero, joder— gruñí, apartándolo con un suave empujón —Formo parte del equipo—
—Identificación— ordenó. Tras la máscara de gas y los lentes oscuros de la misma, no sabía reconocer el rostro de ninguno. Hasta sus voces estaban distorsionadas por los filtros, de forma que tampoco sabía con quién hablaba.
—Nathan Fox— busqué en mi pantalón la cartera. Ahí había dejado una tarjeta de identificación por si me encontraba con algún equipo del equipo de seguridad y podían ayudarme. Extraje la tarjeta con el símbolo de la serpiente tricéfala con mi nombre impreso y se lo entregué. Lo estudiaron juntos en la furgoneta, en una especie de ordenador portátil de pequeñas dimensiones que llevaba uno de los miembros del escuadrón. Hablaron en voz baja y me miraron, para finalmente acercarse el mismo efectivo y hacerme entrega de la tarjeta.
—Nos alegramos de que estés a salvo, Nathan. Soy Jerome—
—¡Jerome!— sonreí, si es que se podía llamar sonrisa a la tirantez de mi rostro —No te reconocía con la indumentaria y esa máscara en la cara. No es la misma que usamos en los laboratorios—
—No, no es la misma— dijo secamente y miró a todas partes —¿Dónde está Ivy?— la pregunta me cogió por sorpresa.
—Ella...— tragué saliva.
—¿Ha muerto?— inquirió de forma dolorosa. Solamente asentí —Sube— se hizo a un lado para que subiera a la furgoneta.
—¿Vais a llevarme a la extracción?—
—Sí— dijo, cerrando la puerta en mis narices una vez me monté.

Iniciaron el trayecto de nuevo, igualmente a baja velocidad. Iluminaban las calles con detenimiento y estudiaban cada recobeco. Atrás, iba acompañado por Jerome y por Sullivan, otro de los compañeros que no reconocí. Ambos habían compartido turnos conmigo en los laboratorios, pero hacía ya tiempo que les cambiaron de puesto. Por otro lado, el ambiente estaba enrarecido. Me sentía como uno de esos tipos pequeños y débiles de salud que se montaban en el coche de un capo de la mafia e iba escoltado por sus sabuesos en el asiento de atrás, rumbo al matadero. Sullivan no dejaba de teclear en el ordenador y Jerome inspeccionaba su rifle una y otra vez —Este silencio me mata— gruñí —No quiero pensar ahora mismo. Distraedme. Contadme qué demonios está pasando— Sullivan me ignoró y Jerome alzó la vista tras la máscara para mirarme como si estuviera teniendo toda la paciencia del mundo —Venga Jerome— le animé —Joder, comprendedme. Estaba en el laboratorio y todo iba bien. Pasaron unas horas y entonces me di cuenta de que nadie pasaba por aquel pasillo ¡Tuve que ir hasta las Escaleras Rojas para encontrarme con toda esa locura!—
—¿Qué viste?— preguntó quedamente.
—Cadáveres, Jerome. Todos muertos. Incluida mi Ivy— decirlo nuevamente me quebraba la voz —Y eso no es lo peor. Me distraje un momento mirando una PDA y cuando me di la vuelta, Ivy y el resto de los que estaban allí estaban de pie ¡De pie, Jerome, y a la mayoría les colgaban las tripas! ¿¡Cómo coño es eso posible!? Y todas esas marcas, todas esas puertas abiertas. El Sujeto Omega y la Clave Reina...— decir aquellas palabras me provocaba dolor de cabeza. Me llevé las manos a la cara para ordenar mis pensamientos y tranquilizarme. Ello impidió que viese que Jerome y Sullivan se habían mirado el uno al otro y éste último hiciera un gesto con la cabeza.
—¿No oíste la llamada de emergencia al laboratorio subterraneo?— preguntó Sullivan por fin.
—No. No oí nada—
—Todos los efectivos recibieron una llamada por radio— insistió.
—Ah, la radio— bufé —Hacía días que debí llevarla a reparar o a que me la cambiaran por otra. Llevaba semanas fallando y al parecer se debió de acabar de estropear y no me di cuenta— negué con la cabeza. Se hizo un silencio repentino que esta vez sí que no se me pasó por alto. Empezaba a no gustarme el hecho de estar ahí encerrado con esos dos "compañeros" armados que se comportaban de forma tan enigmática —Y... ¿Cómo sabéis lo de la radio, si todos murieron?— hicieron una pausa antes de contestarme.
—Todos recibimos la llamada, pero no nos pertenecía el hecho de estar allí— dijo finalmente Jerome.
—Comprendo...— los miré a ambos —Estamos tardando en llegar a Connie Street ¿No?— entorné la mirada.
—Tenemos órdenes que cumplir. Todos las tenemos. Incluido tú, Nathan— con sumo cuidado, Jerome acariciaba el gatillo de su arma. Le miré el dedo y vi que él me miraba. La situación se volvió mucho más tensa de golpe.
—...Ya— suspiré pesadamente.
—Tus órdenes eran bajar al laboratorio subterraneo de Ark. Debías estar allí—
—Y estuve— él negó con la cabeza.
—Pero tu trabajo era quedarte allí, con tu mujer. Y los demás— comprendí a lo que se refería.
—¿Estás diciéndome entonces que todo esto estaba planeado?— dije con tono jocoso. Recé a cualquiera que me escuchara porque no me dijese que sí.
—Sí— el corazón se me rompió en pedazos. Empecé a sudar. Me temblaba la pierna derecha de forma que mi pie golpeaba repetidamente el suelo.
—Así que debíamos morir— asentí frunciendo los labios.
—Sí—
—Mi mujer murió porque esto es parte de un plan—
—Sí— su frialdad me hacía pensar en si alguna vez podría fiarme de alguien. Jerome no era mi amigo, como quien podría decir, pero sí habiamos comido y reido juntos alguna vez.
—¿Y vais a hacer lo mismo con los extraidos en Connie?—
—No. Ellos serán transladados a otro lugar. Los ciudadanos no forman parte de la fase 1— volví a asentir.
—¿Por qué me cuentas todo esto?— pregunté por fin, con sonrisa triste.
—Por los viejos tiempos, Nate. Has sido un buen compañero. Y hemos compartido momentos. No es nada personal— por un momento creí percibí pesar en su voz —Pero todo esto es mucho más grande que tú y que yo. Más grande que tu matrimonio, o que el mío—
—¿Me estás diciendo que has dejado a Lou y a tu hija...?— no acabé la frase. Casi sentía sus ojos como clavos ardiendo atravesando las lentes negras de la máscara —Eres un monstruo. Tú, Sullivan y todos los que estéis en el ajo— gruñí apretando los puños.
—He sido parte de la selección de la brigada especial de supervivencia. Soy un hombre con suerte, como el resto de los compañeros, Nate. Vamos a ver un paso más en la etapa evolutiva. Un paso más allá en la existencia y en la cadena alimenticia. Vamos a ver un mundo mejor; uno donde no tengamos que temer por cambios climáticos, guerras nucleares... Si creamos nosotros el apocalipsis, podremos controlarlo— se explicó como si esa excusa sirviera para algo.
—Estás loco. Tú y quien sea que haya orquestado esto. Lo que acabáis de soltar en la ciudad no se puede controlar si no es exterminándolo ¡Ponedle fin antes de que se extienda!—
—Tiene razón— terció Sullivan de forma repentina, cogiendo una pistola del cinturón y apuntándome directamente con ella —Es hora de acabar con esto, Jerome. Antes de que sus palabras se extiendan y nos afecten a nosotros— Jerome miró el arma de Sullivan y luego me miró a mí. Parecía ser que soné más convincente de lo que pensé —Lo siento Nathan, pero como ha dicho Jerome, esto es más grande que nosotros—
—Espera Sully, es de los nuestros. Podemos hacerlo de una forma más respetuosa— Jerome y su lealtad, qué bonito. Ese pequeño instante de duda me permitió reaccionar, afortunadamente. Cometieron el grave error de no maniatarme o inmovilizarme si iban a deshacerse de mí de todas formas, pues no parecía figurar en su "lista de iluminados para la salvación". Tal y como me enseñaron, como me llevé años practicando,desenfundé mi pistola con gran velocidad, ya cargada, a la vez que asestaba una patada a la mano armada de Sullivan. La pistola voló de su mano a gran velocidad, impactando con el techo de la furgoneta y cayendo al suelo. Al cogerles por sorpresa reaccionaron más tarde que yo. Cogí la pistola del suelo con mi mano libre y, opuesto a ellos, no dudé ni dialogué. Abrí fuego y les arrebaté la vida a ambos con un disparo a cada uno, bien cerca, en el pecho. La furgoneta se detuvo de forma abrupta y piloto y copiloto trataron de bajar, pero antes de que lo hicieran les volé los sesos desde el cristal trasero. Mi arma propia, la magnum, humeaba. Me pitaban los oídos e incluso juraría que me sangraba uno por culpa del estruendo en un lugar tan cerrado, pero debía sobrevivir.
—Hijos de puta... Todos vosotros...— me guardé ambas pistolas y les quité la munición a los cadáveres. No me llevé los rifles de asalto porque llamaría la atención, ya que tenían los símbolos de la F.E.S.E. Lo que sí tomé fue el portátil y traté de indagar en los archivos que trasteaba Sullivan. Por desgracia la gran mayoría tenía contraseña de seguridad, como era obvio. Sólo pude ver el programa que tenía abierto de antemano: eran unos parámetros y coordenadas que señalizaban paraderos aproximados de triangulación de "Códigos Reina". Eran varios, al menos una docena. Estaban catalogados como "Máxima Prioridad". Si de verdad habían soltado cosas tan terribles, mucho más que los meros reanimados que encontré en el laboratorio... el mundo iba a irse a la mierda mucho más rápido de lo que podría llegar a imaginar. Al menos, tenía la confirmación de que la extracción de Connie Street iba a ser efectiva y real, de manera que bajé de la parte trasera y saqué el cadáver del conductor de un tirón para ocupar el volante. Conduciría hasta las cercanías y abandonaría la furgoneta para ir a pie. Tenía que salir de la ciudad a cualquier coste y después organizar mis ideas, pues eran demasiada información que procesar...

miércoles, 27 de febrero de 2019

Nell

El silencio era sepulcral. Parecía mentira que, hacía un par de horas, el bullicio había inundado aquellas calles. Los gritos, el ajetreo y la desesperación habían desaparecido para dar paso a un panorama escalofriante. Tanto, que aun me temblaban las piernas.

Todavía no creía lo que había podido presenciar con mis propios ojos. Antes de llegar a la gasolinera norte, cerca a uno de los últimos comercios antes de llegar a la salida de la ciudad, pude ver a un grupo de personas. O quizás no eran personas. Parecían... humanos, ensangrentados, con heridas que debían haberlos llevado a estar desangrándose en el suelo o quizás... quizás muertos. Pero no, estaban en pie. Y me miraron. Fue como si me hubiesen escuchado u olido aun estando en el interior del vehículo. Fue entonces cuando contemplé una pila de cadáveres a sus pies. Entre ellos, algunos aún lucían el mismo uniforme que yo. Por eso... por eso me marché a toda prisa.

El miedo me había invadido por primera vez y eso había hecho que dejase de lado a mis compañeros. Conforme pasaban los minutos, mientras había llegado a casa para equiparme con una mochila vieja y recoger a Eros, empezaba a asimilar poco a poco que me despedirían cuando todo acabase. Pero ¿Cuando acabaría? De forma totalmente negligente, usé el coche de comisaría para conducir una vez más. Por suerte, Eros era un perro lo suficientemente tranquilo e inteligente como para no destrozar la tapicería del vehículo, incluso si, a pocos kilómetros de nosotros, se oían aun disparos y gritos ahogados. — ¿Qué está pasando? Maldita sea —murmuré entre dientes. Todo empezaba a apuntar que el problema, fuera cual fuese, estaba siendo demasiado gordo, demasiado imparable y extremadamente peligroso. Lo suficiente como para que tuviese que hacer de tripas corazón una vez más en mi vida.

El frío invierno parecía no querer perdonar incluso aquella noche. Lo había pasado francamente mal cuando decidí darle la vuelta al chaleco del uniforme para que nadie me reconociese como policía, pues el simple hecho de desvestirme había conseguido que la helada me calase hasta los huesos, la cual volví a sentir nada más bajarnos del coche. Por suerte, Eros parecía resistir bien.

La verja de la casa estaba hecha un desastre. El óxido se había apoderado de casi toda la malla, la cual podría cortar si quisiera con unos alicates. Claro que, de hacerlo, poco o nada podría robar allí. El diminuto jardín que separaba la calle de la entrada de la casa, estaba descuidado, lleno de malas hiervas y colillas. Sólo un entusiasta de las ortigas encontraría en aquel lugar un tesoro. Por ello, probé a empujar la puerta, que estaba hecha del mismo material que la verja. Sin apenas esfuerzos, cedió por completo. El muy estúpido de Liam no había optado por asegurarla con algún candado o algo útil. — Vamos, Eros —le ordené al animal con resignación mientras tiraba de su correa. Me sentía verdaderamente mal por estar allí.

Cuando llamé a la puerta con las manos, dado que el timbre estaba estropeado, no me sorprendí porque nadie abriese la puerta en un tiempo normal. Del interior de la casa provenía un completo musical de metal, que, estaba segura, una vez se abriese la puerta, me reventaría los oídos. Probé a aporrear la puerta una vez más, dejándome los nudillos de manera desesperada en aquel intento. Solo entonces, la música pareció disminuir. Tras unos segundos en los que sólo se oían pasos vagos y arrastrados, la puerta se abrió.

Liam y yo nos miramos durante largos segundos sin saber qué decir. Por mi parte, no encontré forma de explicarle todo cuanto estaba pasando y la razón que me había llevado a estar allí mientras seguía mirándome con cara de pasmado. Él, supuse, tendría una mezcla de sentimientos y emociones en el cuerpo. — ¿Nelly? —se limitó a preguntar. La forma lenta y adormilada con la que pronunció mi nombre me hizo saber que no estaba en condiciones de nada. — ¿Qué haces aquí a estas horas? Es muy tarde.
— ¿No te has enterado?
— ¿De qué me tengo que enterar? —preguntó con enorme desgana y un tanto de ofensa. El muy imbécil debía estar pensando que le preguntaba por temas personales.
— Joder, Liam —gruñí. Me abrí paso hasta el interior de la casa empujándole y tirando de la correa de Eros. Mi hermano no pudo articular palabra, pero pude sentir la tensión en su cuerpo mientras cerraba la puerta a mis espaldas.

Apenas me detuve a echar un vistazo al interior de la casa. Hacía más de seis meses que no pasaba por allí, pero tampoco había ido a juzgar el estado de dejadez de su hogar. El humo en el ambiente y el olor a hierba fue suficiente para entender que, en efecto, Liam no había cambiado. — ¿Estas solo?—pregunté ajetreada. Solté la correa de Eros y caminé directa hacia el salón de la casa, el cual estaba al girar a la derecha desde mi posición. Mi hermano me siguió los pasos con la misma aceleración. Le vi recoger trastos que había sobre la mesita frente al sofá sucio y raído. Apenas alcancé a ver de qué se trataba mientras buscaba el mando de la televisión. De reojo, comprendí que estaba lleno de bolsas de comida rápida que apestaban.
— ¿Qué pasa? ¿Es que sales en la tele? —bromeó con sonrisa bobalicona. Le hubiese reprendido de no ser porque percibí nuevamente disparos desde el exterior de la casa, en la lejanía. Los disparos sonaban repetidos, como propios de un rifle. En comisaría no teníamos rifles... — ¿Qué cojones es eso? —preguntó mi hermano, recuperando algo de seriedad en el rostro.
— Eso es por lo que he venido aquí —respondí con nerviosismo cuando por fin encontré el mando de la televisión. Encendí el aparato y parecía que estaba estropeado. La mayoría de canales no funcionaban y mostraban una pantalla en negro constante. Sólo un canal, el nacional, emitía lo que parecían ser unas grabaciones desde el aire, presumiblemente filmadas desde un helicóptero. sobrevolaban la salida norte de la ciudad, seguramente, minutos antes de que yo llegase. La carretera estaba llena de gente que corría siendo perseguidos por esos mismos seres que había visto antes. Mientras yo seguía sin habla, contemplando la escena, Liam caminó con sus pies descalzos hasta el sofá. Se sentó de un salto y con las rodillas cruzadas, como cuando éramos niños.
— ¿Que demonios son esas cosas?
— No lo sé, Liam...—tragué saliva — Recibí una llamada de emergencia y fui... y cuando las vi... vine corriendo hasta aquí.
— ¿Tan peligrosas son?
— ¡¿A caso no oyes los disparos?! —pregunté exaltada. Agradecí que Liam entendiese que estaba hecha nervios y que la lengua me perdía en aquellos instantes, pues no dijo nada. — He visto a gente correr, muchísima gente. Ahora, estas calles están vacías. Algo muy gordo está pasando.
— ¿Y no deberías estar en comisaria?
— ¿Y dejarte aquí solo? Estaba convencida de que ni te habrías enterado de esto. Joder, Liam. Debes ser la última persona en esta maldita ciudad que se ha enterado de que tenemos un problema bastante peligroso sobre nosotros —gruñí de nuevo. Mi hermano fue a hablar, pero su atención se vio sumergida den las grabaciones que se repetían en bucle en la televisión. En como una de esas criaturas se abalanzaba sobre el cuerpo de un hombre y arrancaba su piel a tiras a base de mordiscos.
— Joder, joder, joder... —comenzó a murmurar, poniéndose en pie y caminando en círculos al rededor del salón — ¿Que cojones he consumido? —aquella pregunta me dañó tanto la moral, que le arrojé el mando de la televisión a la cabeza. Un golpe doloroso, totalmente certero.
— ¡Reacciona! ¡Esta mierda es real!—insistí con lágrimas en los ojos que no llegaron a derramarse.
— Mira, mira, mira. Un comunicado —señaló con el dedo a la pantalla mientras se acariciaba la zona de la cabeza en la que le había golpeado. Un letrero de color rojo aparecía en la pantalla, con letras grandes y claras que pasaban a un lado para poder ser leídas. Era un mensaje de una unidad llamada F.E.S.E., la cual aconsejaba a los ciudadanos que se dirigiesen a la salida oeste de la ciudad para ser evacuados. Alertaban de que se había dado una fuga en los laboratorios ubicados en mitad del bosque, el cual estaba ubicado muy cerca del lago que había al norte de la región, y que dicha fuga era la que estaba provocando problemas en la ciudad.
— ¿Que demonios es F.E.S.E.? —pregunté con extrañeza.
— Si no lo sabes tú...— murmuró Liam a mis espaldas. Le lancé una mirada llena de preocupación. De alguna forma, se me debía caer la cara de vergüenza por estar allí, en su casa, suplicándole sin palabras que uniésemos fuerzas en una situación como aquella. Él suspiró y se rascó la cabeza una vez más.
— ¿Vamos a ir a la salida? ¿A que nos evacuen?
— Supongo que es lo más inteligente...
— Llevas una pipa, no deberíamos tener problemas — Di un sobresalto involuntario cuando recordé que aún tenía el arma reglamentaria colgada del cinturón. Otra negligencia más.
— Me parece que esto no es suficiente para retener a esas cosas. Nos hemos quedado sin agentes en comisaría.
— ¿Me estás diciendo que nada nos protege de eso? —preguntó señalando a la televisión, justo en el momento en el que otra criatura se abalanzaba sobre el cuello de una mujer y lo hacía trizas.
— Exactamente eso, a menos que Lizbeth haya conseguido localizar a las unidades de las ciudades cercanas y lleguen refuerzos. De momento, solo tenemos a esos F.E.S.E.
— ¿Y confías en esa evacuación? —aquella pregunta, cargada de lucidez, me hizo reflexionar. Se oyó un grito cercano, seguramente emitido desde la misma calle en la que Liam vivía. Éste corrió hacia la ventana, y en apenas unos segundos, pudo observar algo que hizo que su piel se volviese pálida como la nieve. Cerró las persianas de un tirón y se tropezó, cayendo al suelo con su propio trasero. Empezó a sudar, a ponerse excesivamente nervioso. — ¡Joder, joder! —gritó con desesperación.
— ¿Que... que hay ahí...?
— Eso... eso que se ve ahí — señaló a la televisión. Un nuevo grito, ahogado y lleno de lamento, nos hizo entender que la persona que lo emitió falleció segundos después.
— Liam... prepara una mochila... una buena... —tragué saliva — Nos tenemos que ir de la ciudad.
Nathan

Salir de Ark fue más difícil de lo que jamás pensé. No solo por el hecho de que los que allí habían perdido la vida se habían reanimado como en aquellas viejas historias de terror que nunca nadie cree posible, sino porque por primera vez, lo hacía sin Ivy a mi lado. Arrastraba los pies como uno de esos malditos resucitados, con la mirada perdida y la boca seca. No me quedaban balas en el arma ni cargadores disponibles en el cinturón. Tenía manchas de sangre salpicada por todo el uniforme... Era un maldito desastre.

El aire de la calle tampoco me supo diferente, para añadir a la tragedia. El silencio y la soledad de las calles iluminadas pobremente por las farolas no presagiaba nada bueno. Ni siquiera se veían gatos callejeros o ratas en los viejos contenedores cerca de los laboratorios. Nada, ni un alma. Ni un sonido más que el de mi agitada respiración. No me quedaba otra que acudir a mi casa. Mi santuario. Mi único lugar al que regresar. Y tal y como salí de los laboratorios, solo.

Cuando alcancé mi destino seguí sin encontrarme a nadie, pero en todo momento tenía la extrañísima sensación de que varios pares de ojos me observaban desde las penumbras que se formaban en la calle. Alguna racha de viento repentina levantaba silbidos lúgubres en el ambiente, agitaba algunas bolsas viejas de basura y arrastraba detritus por la carretera. Teníamos un buen trabajo Ivy y yo hasta el momento, pero tampoco nos apartamos a vivir lejos de nuestro barrio de toda la vida.
Al entrar en casa me invadió por completo la pesadumbre y la tristeza. Todo estaba tan apagado, tan ausente. La casa olía a Ivy, o al menos a mí me lo parecía. Yo seguramente apestaba a sangre. Cerré la puerta tras de mí y me quité el uniforme a toda prisa para ponerme unos vaqueros algo viejos y desgastados, una camiseta negra de manga larga y una camisa de cuadros típica de estilo leñador de colores rojos y negros por encima. Me lavé las manos y la cara con fruición, pues eran las zonas más descubiertas. No tenía tiempo para darme una ducha, ni tenía ganas. Fui hacia el televisor y a la vez encendí la radio buscando algún tipo de noticia que pudiera informarme de lo que ocurría, porque algo raro estaba pasando definitivamente en la ciudad. Urdem Hill no era precisamente Nueva York, pero siempre radiaba vida nocturna. Vida que no parecía existir, como si se la hubiese tragado la tierra.

Pasé largos y tediosos minutos buscando canales de radio y televisión donde hubiese alguna noticia, pero para mi pesar, todo canal o emisora local estaban fuera de señal, lo cual avivaba muchísimo más mis temores. Mientras esperaba por si alguna señal retomaba su función, fui al pasillo que daba a las escaleras del segundo piso de la casa. Allí estaba el cuadro de mi vida con Ivy, un retrato pintado al oleo por un viejo amigo de la familia de mi esposa. Tras él, decidimos guardar la caja fuerte con nuestros ahorros de emergencia y algún que otro útil en caso de necesidad. Lo descolgué con el mimo con el que un padre sostendría a su hijo recién nacido y lo coloqué a un lado para escribir el código de seguridad en el panel de la pequeña caja metálica que había empotrada en el muro. Una serie de tres pitidos cortos anunciaba que el código había sido aceptado y la puerta se había desbloqueado. Dentro había un par de fajos de billetes ahorrados... y una pistola con dos cargadores. Era un modelo magnum del calibre .50, las más grandes y pesadas en la categoría de armas de mano. El arma era casi más grande que mi propia mano y sostenerla requería el uso de ambas para controlar su potencia de disparo. Costó carísima. Recordaba a Ivy bromeando sobre cómo ibamos a ir a cazar elefantes algún día con ella, que era desmedida en caso de necesitar autodefensa por criminales o peligros que entraran en casa. Sonreí al rememorar que le dije que la protección "nunca es desmedida". Joder, qué razón tuve aquella vez. Si estuviera a mi lado, seguramente se burlaría haciendo alguna broma sexual sobre tamaños y su importancia...
—...peligro. Atención, repito el mensaje. Al habla la unidad F.E.S.E., se declara la ley marcial en la ciudad. Se ha detectado una grave fuga vírica en los laboratorios Ark. Se ruega a los ciudadanos conserven la calma y se dirijan a pie hacia la salida oeste de la ciudad. Serán evacuados con prontitud. No desobedezcan este mensaje, os encontráis en grave peligro. Atención, repito el mensaje...— la radio comenzó a emitir aquellas palabras en bucle. La voz sonaba grave y crispada, para nada alterada ni con efecto de emergencia.
—¿F.E.S.E...?— esa era mi unidad, desde luego: Fuerzas Especiales de Seguridad y Extinción ¿Qué hacía el equipo de seguridad de un laboratorio evacuando a personas de la ciudad como si fueran el ejército? No tenía el menor sentido. Eramos un grupo pequeño... Para más incertidumbre, oí helicópteros pasar por encima de mi casa. Corrí a la puerta para asomarme y ver a tres enormes "pájaros" de fuerte potencia de tiro cruzando el cielo en formación triangular, con sus potentes focos iluminando frenéticos en todas direcciones —¿Qué cojones está pasando aquí Ivy...?— pregunté a mi ausente esposa, a la que siempre sentía a mi lado. Hice acopio de fuerzas y me preparé. Cogí una mochila que llené con algunas conservas que quedaban en la cocina, pues parecía ir para largo. Cogí el dinero por si me hacía falta en alguna otra ciudad a la que me desplazaran y me puse rumbo a Connie Street, desde donde partía la carretera por el puente oeste para salir de la ciudad.

Nikolai

 —Esto es una pesadilla— la mujer cargaba a su hijo pequeño en brazos mientras que el mayor, que no tendría más de 10, la seguía de cerca —Esto es una terrible pesadilla. Ya cariño, ya...— sollozaba mientras trataba de calmar al bebé, que lloraba desconsolado. Yo miraba en todas direcciones, siguiendo el rebaño. Eramos un grupo de 20 personas que caminábamos escoltados por un grupo de esos soldados que había en el laboratorio. Estaba temblando como nunca antes lo había hecho. No me quitaba la capucha de la sudadera en ningún momento y mantenía la cabeza gacha por si alguno me reconocía. Me había pasado los últimos 20 años de mi vida encerrado en aquel maldito y desolador lugar, envuelto en luces y el pálido color blanco que me mareaba y provocaba jaquecas hasta que la cabeza me iba a reventar. Ahora, decían, nos iban a llevar a un lugar seguro. No sabía si les podía creer.
—¿Vais a decirnos de una vez qué está pasando?— preguntó un hombre de piel oscura, bastante obeso. De hecho llevaba en la mano una bebida que olía bastante bien, caliente y humeante.
—Tenga paciencia, señor— dijo uno de los soldados a través de la máscara de gas.
—Ya he tenido paciencia suficiente. Llevamos un rato caminando ¿Sabes lo que me duele la espalda, amigo?— gruñó —Además ¿Por qué esas máscaras? Si hay algo tóxico en el ambiente deberíais darnos una a todo el mundo. Estamos yendo como pollos al matadero y no tenemos ni la menor idea de qué ocurre a nuestro alrededor ¿Sabes que te digo a ti y a tus amiguitos de uniforme? Que os jodan. Que os jodan a todos—
—Es por su bien— se giró el soldado —Servimos para proteger, señor. Pero si no controla sus impulsos y su mal humor, mucho me temo que va a dificultarnos la tarea y no podemos tolerarlo—
—Traed aunque sea un puto coche o uno de esos caminiones vuestros, joder— volvió a quejarse.
—Tendrá que caminar, señor. Le aconsejo dejar de beber chocolate si tanto le aqueja su peso corporal—
—¿Me estás llamando gordo, hijo de puta?— dio un paso hacia el soldado, enfadado.
—Contacto— dijo otro de los soldados. Eran cuatro y nos rodeaban haciendo esquinas. A la voz del tipo, los cuatro esgrimieron sus armas y apuntaron hacia el frente. Unas siluetas sombrías, contrastando con la luz, vagaban hacia nosotros con paso lento pero imponente. Gruñían, siseaban y aullaban de forma inhumana —Fuego a mi señal— ordenó.
—Qué coño...— se sorprendió el hombre de piel negra, mientras yo me apartaba, despacio. Aprovecharía la distracción para dejarlos atrás. Si descubrían quién era yo...
—¡Fuego, disparad!— ordenó finalmente y los rifles hicieron volar las balas. Los niños lloraron de terror, al igual que las madres. No hubo cese en ningún momento y yo me escabullí finalmente. Corrí a través de un callejón oscuro hasta toparme con una verja que me impedía pasar. Tendría que saltarlo.
—¡Espere!— gritó una voz de mujer a mi espalda —¡Espere por favor!— me giré nervioso y con el corazón bombeándome con fuerza en el pecho —¡Ayude a mi hijo a pasar! ¡Lléveselo!— era la señora que llevaba al bebé en brazos. No supe hacia dónde mirar. El bebé lloraba, el hijo mayor también. Y a sus espaldas, al final del callejón por donde entré, solo habia gritos y disparos, además de alaridos sobrehumanos. —¡Por favor!— siguiendo mi instinto, salté a la valla y la crucé sin mayor complicación. Era parte de mí, era en lo que me habían convertido, a fin de cuentas. Desde el otro lado de la pequeña muralla de alambres, vi a la mujer llegar. Con los ojos rojos y desesperada se aferró a las rejas —¿Por qué? ¿Por qué no me ayuda?— suplicó —Por favor, ayúdelo a pasar— el niño me miraba y yo le miraba a él. Di un paso atrás. No podía ayudarle. No podía ayudar a nadie ¿Y si me retrasaba? ¿O llamaba la atención? Yo no sabía cuidar a nadie y menos a un niño. Acababa de renacer, como quien diría. Era mi primera noche fuera de las malditas instalaciones tras 20 años... —¡Corra!— la voz de la mujer me sobresaltó. Tras ella, avanzaba una siniestra sombra larguirucha reptando a través de la pared del callejón. Al llanto del bebé, respondió otro llanto de recién nacido. Pero esta vez turbio, distorsionado, horripilante. Los vellos se me erizaron y la mujer casi sintió ganas de vomitar al oír aquella perturbadora voz que provenía de aquella sombra. Debía de medir 3 metros de alto y aún así, lloraba y se lamentaba como un bebé. Pavoroso, escalofriante —¡Sube!— ordenó a su hijo mayor, que hacía el esfuerzo de escalar la reja. Por resquicios de humanidad, di un paso hacia la verja y traté de empujarle los pies hacia arriba desde el otro lado, pero era joven e inexperto, se resvalaba o decía que le dolían los dedos. Era tarde, de todas formas. Aquella criatura avanzó a la velocidad del miedo, lanzando alaridos fantasmagóricos. Cuando por fin lo tuve ante mí, era como ver a un viejo amigo, por mucho que me repugnara. La mujer y los dos niños perecieron en un abrir y cerrar de ojos. Los gritos y el llanto del retoño se ahogaron en sangre y restallidos de carne cuando aquel ser alto y escuálido como alguien que no ha comido en años los destrozó con garras y dientes. Casi no recordaba la sensación de sentir asco y nauseas por ver algo capaz de revolver el alma hasta ese mismo instante. La imagen me perseguiría por siempre, al igual que los gritos de ayuda de la mujer por salvar a sus hijos. Pero después de lo que soy, después de haber vivido lo que había vivido... ¿Qué era una marca más en el alma, si es que me quedaba algo de ella ya?

martes, 26 de febrero de 2019

— Sí, señora Belton. No se preocupe, señora Belton. Lo solucionaremos, señora Belton.

Mi voz se había convertido en lo más parecido al sonido emitido por una radio. Repetía las mismas palabras sin cesar, con la vista pegada a la pantalla del ordenador que estaba frente a mi, mientras tecleaba frases escuetas y directas sobre una denuncia por agresión. Agresión canina. La señora Belton, una mujer octogenaria y de muy mal genio, ya era conocida en comisaría. Su querido Chimy, un chihuahua tan mayor como ella, acostumbraba a meterse en peleas con iguales superiores a él en tamaño. La señora Belton siempre decía que Chimy evitaba tales conflictos con los demás perros de su barrio, así como aseguraba, que eran las vecinas quienes animaban a sus mascotas a atacar al pobre chihuahua por pura envidia. Por supuesto, aquella era una historia que ni yo ni ninguno de mis compañeros creíamos. Solo hacía falta alzar la vista por encima del escritorio para contemplar los afilados y brillantes dientes del animal, quien me miraba como si me juzgara desde los brazos de su dueña, como si fuera un ser superior a mi en todos los aspectos. Ese Chimy era un canalla, pero como agente de la ley, debía respetar las decisiones de las partes. Yo no era juez ¡Que más quisiera! Y por supuesto, tampoco había calabozos para perros, por mucho que más de uno mereciese una noche en soledad como castigo por haber destrozado el cuarto par de zapatillas nuevas en un mes.

Oiga, señora Belton. La denuncia está tramitada y haremos todo lo que está en nuestra mano para solucionarlo. Averiguaremos si sus vecinas han incumplido alguna norma. En caso de que haya alguna novedad, la informaremos de ello —me apresuré a decir. Mi mente me pedía a gritos que me despidiese de aquella mujer cuanto antes si no quería acabar quemada antes de que terminase el turno.
—No me fío de vosotros —murmuró la señora entre dientes. La sujeción de su dentadura postiza la hacía sesear de una forma bastante evidente. —La última vez no apareció ningún policía por casa.
—Si no aparece nadie es que todo se ha arreglado ¿No? —me forcé a sonreír. No me gustaba ser maleducada con las personas mayores, incluso con aquellas que tenían el corazón más frío que el hielo. Pero cuando la señora Belton no me devolvió una sonrisa, sino una mirada cargada de desprecio, empecé a pensar que no me estaban pagando lo suficiente.
—Volveré mañana si ese chucho apestoso de los Garrygrow vuelve a ladrar a mi Chimy —terminó por decir, como si de una sentencia se tratase, justo antes de marcharse por donde, hacía un par de horas, había venido. Solo cuando su silueta regordeta desapareció tras las puertas de cristal translúcido de comisaría, pude soltar el aire y deslizar la espalda por la silla de puro alivio.
—Estás hecha toda una experta. No se por qué decidiste ser policía cuando tienes madera de enfermera de abuelitas —bromeó Lizbeth. Mi compañera estaba sentada frente a mi. Ella había tenido tantas probabilidades como yo de ser molestada por un sencillo caso de peleas de mascotas, pero, como siempre, los peores casos siempre recaían en mí.
—La próxima vez que esa mujer venga, la atenderás tú.
—¿Yo? Oh, no quisiera ser cruel. Creo que te quiere como a su nieta —carcajeó con la boca llena de chucherías. Lizbeth era de esas mujeres que poseían un físico extraordinario pero siempre andaban comiendo porquerías. Si yo ingiriese todo lo que ella había estado picando durante un mes en las horas de trabajo, no sería capaz de correr detrás de ningún ladrón. Solo de pensarlo, me picaba el bichito de la envidia, que no me hizo más que resoplar de pura resignación.  —Vamos, podría ser peor. Una vez, antes de que llegaras, apareció un chico por aquí uno de esos días en los que nos toca estar en comisaría. Se había perdido y buscaba a su madre, a la cual no encontramos hasta el día siguiente porque se había marchado de la ciudad. Negligencias paternales a parte, el chico estuvo llorando toda la noche y tuve que encargarme yo sola de él. Desde entonces decidí que no quería ser madre —admitió.
—Supongo que elegir no tener abuelos no es una opción —comenté jocosa, provocando una risilla. Abrió la boca para hablar, seguramente para seguir bromeando o cambiar el tema a otro asunto más interesante. Sin embargo, el walkie que llevaba en mi cinturón comenzó a emitir sonido. La voz de Michael, un agente bastante experto, sonaba agobiada al otro lado del comunicador. —Recibo. ¿Que sucede? —pregunté sin mayores preocupaciones.
—Aquí el agente Michael. Solicito refuerzos con extrema urgencia en la gasolinera de la salida norte. ¡Rápido!
—¿Más refuerzos? —preguntó Lizbeth. —Hace una hora que salió el último grupo de aquí. Se debe estar liando una buena.
—No hay refuerzos, Michael. Sólo quedamos dos en comisaría. Deberían estar todos allí contigo —respondí con el ceño fruncido.
—¡No, ya no hay, Nell! ¡Necesitamos cuerpos aquí para contener esto! ¡Ya! —tras su último grito, el comunicador dejó de emitir voz alguna. Lizbeth y yo nos miramos con extrañeza. Solían ocurrir cosas bastante graves y serias de vez en cuando, pero jamás se había dado el caso de que faltasen efectivos para cubrir un mismo caso.

Me puse en pie sin siquiera apagar el ordenador, para posteriormente comprobar que sobre el cinturón aún colgaba mi arma reglamentaria, mi placa y unas esposas. No, no tenía permiso para salir de comisaría. Mi turno de aquella semana iba dirigido a prestar servicios al ciudadano desde detrás de una mesa, y no en la calle. Sin embargo, estaba segura de que en casos como aquellos, el deber debía ir por delante de toda orden. —¿Vas a ir? —preguntó la mujer mientras guardaba sus chucherías en el cajón del escritorio.
—Claro que sí—respondí mientras terminaba de vestirme con el abrigo de mi uniforme, de una tela impermeable gruesa e incómoda. —Cubre mi puesto. ¿Quieres? Y llama a las comisarías de las ciudades cercanas para pedir apoyo. En cuanto sepa de qué se trata, te lo comunicaré —. Lizbeth no necesitó más explicaciones. Asintió y se puso en marcha con las sugerencias que le había dado mientras yo ya caminaba en dirección a los aparcamientos.

Mientras conducía en dirección a la salida norte de la ciudad con las luces azules puestas, pensaba en posibilidades. ¿Un atraco venido a más? ¿Una pelea? ¿Habían herido a algún compañero? ¿Quizás algún problema que implicaba a niños? Ninguna excusa me parecía lo suficientemente enorme en gravedad como para que toda la policía de la ciudad estuviese volcada en una gasolinera. Las manos me temblaban mientras agarraba el volante. Hacía ya dos años que prestaba servicios y había tenido alguna que otra oportunidad de vivir situaciones de riesgo, pero aún seguía poniendome nerviosa cuando se avecinaba una. Tenía la mala costumbre de ponerme en lo peor. ¿Quien iría a avisar a mi hermano de que algo que habría pasado? ¿Como se lo tomaría? ¿Se ocuparía de Eros en mi lugar? La verdad es que dudaba mucho que Liam soportase a alguien más que a sí mismo.

Aun faltaban unos kilómetros para llegar a la gasolinera cuando empecé a ver a gente correr en dirección contraria hacia la que conducía. Corrían tan a prisa, que muchos tropezaban y caían. El sonido generalizado de gritos de terror comenzó a a hacerse cada vez mas fuerte a pesar de que estaba encerrada en el vehículo. —¿Pero qué...? —. De repente, un ciudadano se volcó sobre el coche, lo que me hizo dar un salto en el sitio de puro susto, además de pegar un frenazo considerable. Por suerte, iba conduciendo tan lento debido a la extrañeza, que el hombre no debió hacerse daño cuando cayó de espaldas. De hecho, se puso en pie con rapidez.
—¡¡¡Ayuda!!! ¡¡¡Ayuda!!! —gritaba con lágrimas en los ojos al otro lado de la ventanilla.
—¡Caballero! ¡¿Está usted bien?! ¡¿Qué ocurre?! —pregunté alertada, dispuesta a salir del coche y atenderle. Sin embargo, el hombre se marchó corriendo junto al resto de personas que seguía corriendo, con hijos y mascotas en los brazos. Un sudor frío, horrible, me recorrió la espalda. Debía ser un ataque terrorista, no quedaba otra opción. Sólo un ataque de tal magnitud provocaba una histeria colectiva y mantenía ocupados a todos los cuerpos de seguridad. Tomé aire con valentía y decisión para volver a poner en marcha el coche.

Jamás olvidaría aquella situación de conducir a toda velocidad, hacia un punto caliente, tan peligroso que podría costarme la vida, para ayudar tanto a mis compañeros como a la ciudad. Aquella situación de ir contra marea, esquivando a personas que ya corrían por salvar sus vidas, por intentar ayudar a sus familiares... Aquella situación en la que todo el cuerpo me sudaba, los cabellos sueltos de la cola se me pegaban al cuello y me ardía el estómago, a pesar de que sentía un frío similar al de estar rozando mi cuerpo contra un muro de hielo en pleno invierno.

Pero lo cierto es que jamás llegué a aquel sitio. Porque cuando observé qué era lo que ocurría... cuando comprendí, o al menos alcancé a reaccionar sobre el problema... me marché y no miré atrás.


Nathan

 Como de costumbre, el laboratorio estaba completamente envuelto en calma y silencio. Los pasos de los distintos trabajadores que cruzaban un pasillo tras otro se veían amortiguados por aquellas atípicas sandalias blancas acolchadas que llevaban a juego con sus más típicas y corrientes batas. Mi mujer, Ivy, era una de ellas. De vez en cuando cruzaba el pasillo solo para echarme un vistazo. Y yo se lo devolvía. Y me sonreía. Y yo sonreía. Típico de un par de idiotas ¿Pero qué podiamos hacer? Eramos una pareja apegada, cariñosa y un tanto celosa, aunque ello no nos conducía en absoluto a ningún tipo de conflicto; al revés, nos comprendíamos a la perfección. Por eso me divertía tanto verla deambular ignorando durante unos minutos su trabajo. Por eso le sonreía de vuelta, porque ella sabía que a veces yo también jugaba a lo mismo. Observarla, buscarla, picarla... Solía recordar constantemente la cantidad de problemas que eran capaz de ver nuestros allegados con el tema de trabajar juntos. Nos reíamos mucho Ivy y yo, siempre, y sobre todo al llegar a casa, recordando todos esos comentarios y lo bien que lo llevabamos tras tantos años de trabajo en los laboratorios Ark, la joya de la corona de la ciudad de Urdem Hill. El nombrecito de la ciudad siempre me pareció curioso.

Sin embargo, parecía que la tranquilidad no podía durar para siempre en un lugar como aquel. Apenas era medianoche cuando el silencio era vibrante, mucho más pronunciado que de costumbre. Yo, colocado en mi puesto en mitad del pasillo principal  en dirección a las salas de ensayos, no podía hacer otra cosa que removerme incómodo en mi puesto. Acariciaba con el dedo índice el gatillo del rifle de asalto que por normativa debía llevar en todo momento, amén de la oscura ropa de uniforme que contaba con una máscara de gas colgada del cinturón a un lado de la cadera debido a los riesgos de fuga de diversos tipos de emisiones por los distintos experimentos. Pensaba en cómo Ivy me había contado que estaban llevando a cabo ciertas pruebas sobre unos "trabajos" que, según su jefe, abrirían la puerta a un futuro prometedor a todas aquellas personas, hombres y mujeres, que desearan ser padres en un futuro y no pudieran serlo por cualquier tipo de problema que tuviesen y se lo impidiese. Me llamó poderosamente la atención la palabra "cualquiera" en esa frase, pero no le di demasiadas vueltas. No hasta esa misma noche. Era, se suponía, un fármaco que facilitaría la venida de niños al mundo... y sin embargo a mí se me erizaban los vellos con el sencillo hecho de estar solo en mitad del pasillo como solía hacer cada día desde hacía ya muchos años ¿Entonces, cuál era el problema? ¿Qué tenía de diferente aquella noche concreta de cualquier otro día? La respuesta la obtuve al mirar el reloj en mi muñeca. Hacía ya una hora que Ivy no aparecía. Y no solo Ivy, sino cualquier otro colega suyo de los laboratorios. Ni siquiera había aparecido alguno de mis compañeros paa saludar, para hacer ronda, o cualquier tipo de procastinación típica de un trabajo tan aburrido (aunque mejor era que fuera aburrido por el bien de todos). Por ello, empujado por una creciente ansiedad en mi pecho, esgrimí timidamente el arma y desafié mi posición laboral moviéndome de mi puesto.

Mis pasos eran como ronquidos en aquellos pasillos huecos y blancos como el paraíso. Las botas pesadas no eran más que trompetas del apocalipsis en mis oídos. Pasaba junto a varios laboratorios y salas de reuniones y no encontraba nada, ni un alma, ni el menor signo de vida en todo el lugar ¿Me estarían gastando una broma? Ivy era la primera que sería capaz de preparar algo así para darme un buen susto. Y de ser así se llevaría la mayor reprimenda de su vida, puesto que tan nervioso me hallaba que la boca me sabía a sangre por la presión. Mi trabajo no era ninguna tontería; todos en el laboratorio sabiamos, desde las Fuerzas Especiales de Seguridad y Erradicación hasta el más humilde biólogo y químico recién salido de una carrera estudiantil y que había sido elegido para trabajar en alguno de los progamas, que nos jugabamos la vida cada día que pasabamos encerrados en esas instalaciones. No había virus, bacteria o enfermedad que no tuviesemos embotellada y examinada en Ark y cualquier fuga podría ser mortal en la mayoría de los casos... ¿Pero aquello? Aquello parecía ser distinto. Dios, nunca podría haber llegado a imaginar lo distinto que era.

Dado que tras peinar por completo la planta no encontré a nadie, me decidió a bajar a las plantas inferiores. En efecto, se encontraban tan vacías como las demás. Una tras otra las fui dejando atrás y acabé en las Escaleras Rojas, un nombre un tanto críptico y digno de pensamiento esotérico que habiamos dado Ivy y yo a las únicas escaleras que, se supone, nadie sin autorización expresa del jefe de las instalaciones podía bajar. Yo no sabía qué guardaban ahí abajo y según Ivy, ella tampoco. Pero visto lo visto, no quedaba más remedio que probar. Eché mano a la puerta solo para encontrar cierta resistencia a su apertura tras bajar los primeros escalones rojos que advertían, acompañados de un cartel, que estaba a punto de pisar "suelo sagrado" para los altos mandos. Me armé de valor y empujé con todas mis fuerzas. Y por un instante me arrepentí. Cuando mi cerebro procesó la aberrante escena que se estaba dibujando ante mis ojos y el olor metálico de la sangre se agolpó en mi nariz como si me la estuvieran inyectand en los orificios nasales directamente, mi reacción inmediata fue apartarme a un lado y vomitar. Era nauseabundo. Debían de ser decenas de trabajadores del laboratorio y, a juzgar por algunos uniformes negros, algunos de mis compañeros. Estaban destrozados. Llenos de cortes, arañazos, algunos mutilados y juraría que algunos estaban mordisqueados. Me temblaba el pulso y más conforme al caminar, sentía la resbaladiza superficie de la sangre espesa y algunos órganos bajo mi peso. No podía dejar de pensar en Ivy. Si le había pasado algo, lo más mínimo... ¿Pero el qué? ¿¡Quién o qué podía haber organizado tal carnicería!? Mis preguntas no encontraban la menor respuesta y aún se me generaban más conforme avanzaba por los pasillos. Las luces parpadeaban como si estuvieran tan asustadas como yo. Las paredes estaban destrozadas, llenas de arañazos imposibles de realizar por cualquier humano y me atrevería a decir, imposibles incluso para un animal común y corriente. El ala estaba repleta de cuerpos por doquier y entre ellos llegué a ver un sin fin de puertas de acero estancas abiertas, todas de par en par. Algo, y en cantidades, había escapado de Ark... o por lo menos de su confinamiento. Seguí buscando a Ivy incansable entre ríos de sangre y vísceras hasta que finalmente se me encogió el corazón al ver su inconfundible figura frene a una de tantas celdas —¡Ivy!— poco me importaron los cuerpos y la sangre cuando me avalancé sobre ella, deslizándome de rodillas sobre el blanco suelo contrastando con el líquido carmesí —Ivy ¿Ivy?— llamé, tomándola entre mis brazos para poder verle la cara. Me quité a mordiscos uno de los guantes y le tomé el pulso. No respondía ¿Por qué no respondía? —Cariño, por favor— la acuné —Por favor, respóndeme— no sé, realmente, cuanta gente comprende en el mundo el dolor de hablar con uno mismo, porque sabes que nadie más te escucha. Me lo pregunté por un instante, para luego darme completamente igual. Solo me importaba el hecho de que Ivy no estaba ya, pese a que su cuerpo aún tibio reposaba en mis manos. Sabía que lloraba en ese momento, sabía que me fallaban las fuerzas y no podía hacer gran cosa, más que sacarla de allí y darle una digna sepultura. Pero me llamó la atención algo a sus pies. Una tablet con la pantalla destrozada amenazaba con apagarse debido a los daños. En ella, aún se adivinaba una especie de historial clínico. Apenas se podían apreciar los detalles de todo aquel sin fin de detalles y jergas que yo nunca comprendía, pero había una fotografía. Un muchacho joven, un tanto apuesto si no fuera por su físico desmejorado y demacrado como si llevase días sin comer ni dormir. El título del historial rezaba "Sujeto Omega" y en alguno de los pocos campos legibles se le catalogaba como "Reina". Traté de averiguar algo más pero finalmente el cacharro acabó por estropearse del todo y la pantalla se apagó. Apenas conseguí grabar en mi mente el rostro de aquel tipo. Desesperado, alcé la cara tratando de respirar, de calmarme... y acabé comprobando que la puerta ante ella tenía grabado el símbolo griego Omega. Ese tipo estaba ahí encerrado y ahora no ¿Y si él...? ¿Era él el responsable? Ante la posibilidad de haber visto la cara del presunto asesino de mi mujer, me quedé completamente helado. Lo suficiente como para no darme cuenta de que Ivy estaba en pie a mis espaldas.

Apenas sentí el roce de sus dedos me di la vuelta y recogí el arma del suelo, aprovechando que me encontraba arrodillado. Siguiendo mi firme entrenamiento me alejé del objetivo desconocido y me preparé para abrir fuego pero... —¿I-ivy?— se me encogió la barbilla al verla ahí, mirándome, con sus ojillos brillantes como si hubiera llorado desconsolada durante horas —¿Cariño?— ella solo intentó extender los brazos hacia mí. Quería abrazarme. Y Dios, yo quería abrazarla a ella y no soltarla jamás —Cariño...— avancé —Dios... Creí que... Creí que... tú...— extendí mi brazo hacia sus caderas para rodearla y estrecharla contra mí. Las lágrimas que me empañaron la visión por la repentina alegría y miedo no impidieron, sin embargo, presentir que algo raro ocurría. En cuanto me acerqué pude atisbar por un momento cómo su rostro inexpresivo mostraba por un instante los dientes en un intento de hincarme el diente en el gaznate, por lo que me alejé en un respingo —¿Ivy? ¿Que... haces?— se me escapó una sonrisa. Esa reacción humana tan estúpida y típica que sucede cuando nos encontramos nerviosos o no damos crédito a lo que vemos u oímos. Estaba ahí, era mi mujer. No estaba muerta pero trató de morderme ¿Por qué? —Ivy, cálmate un momento ¿De acuerdo? Explícame qué ha pasado. Qué es todo esto. Qué es todo este lugar y esto del sujeto Omega— señalé a la puerta —Está todo lleno de cadáveres y ni siquiera he oído gritos ¿Cómo es posible?— no me contestó. Su cabeza se movía de forma errática y miraba de un lado a otro como si se encontraba completamente deshubicada y descontrolada —¡Ivy! ¡Espabila y contéstame!— el grito me nació de la frustración y el desconcierto, pero me gané de nuevo su mirada. Y esta vez era muy diferente. No le brillaban los ojos con temor o ilusión, sino que se le secaron y parecían dos esferas de madera incrustados en sus cavidades oculares. Se avalanzó sobre mí como una bestia desesperada por comer, abriendo sus fauces de forma extraña —¡Ivy, para!— gruñí, retrocediendo. Emitió un quejido gutural y sobrehumano que le nacía directamente desde el diafragma, porque ninguna garganta humana podría emitir tal sonido escalofriante y aterrador. A mi espalda, para mi pánico, le contestaron los mismos lamentos monstruosos. No podía ser verdad y mis ojos se negaban a dar crédito a lo que veía ¡Los muertos estaban en pie! ¡Todos! ¡Incluso aquellos que sufrían de desmembramiento o evisceración! —N-no puede ser...— quité el seguro del arma —No puede ser...— miré a mi mujer —Ivy...— se me cerró la garganta y me brotaron las lágrimas como si mis ojos fueran volcanes al comprender que en ningún momento era ella, sino una de las pesadillas que me estaban rodeando —¡Ivy aléjate!— ordené con voz rota, con el dedo en el gatillo —¡Ivy, para!— recé a cada uno de los dioses de las distintas religiones para que entrara en sí, pero no parecía que fuera a hacerlo jamás. Nunca más —¡Ivy!— di una última advertencia pero extendió sus brazos una vez más para agarrarme —Te quiero Ivy...— lloré, finalmente, desconsolado.

Y el silencio se llenó del estruendo de mi rifle abriendo fuego.