Eros estaba nervioso. No era para menos.
Los disparos lejanos y algún que otro grito fugaz se seguían oyendo a una distancia notable a pesar de que habíamos asegurado toda la casa. Persianas bajadas, puertas cerradas a cal y canto e incluso conductos de aire sellados, por si las moscas. El corazón nos latía con fuerza a Liam y a mi, a la par que los nervios se desbordaban por los poros de nuestra piel. Que Eros lloriqueara de vez en cuando era tan normal que no me preocupé. Sí me preocupé, sin embargo, de lo que pudiera ocurrirle una vez saliésemos y fuésemos a toda prisa hacia la zona de evacuación. Era un perro tranquilo y dócil, lo que hizo que me enamorase de él en apenas una semana de convivencia. Sin embargo, su punto fuerte era la fidelidad. No dudaba en enseñar los dientes si sentía que algo nos podía llegar a poner en peligro, y mucho menos, sería capaz de separarse de mi un solo instante. Aquello eran aspectos que pocas veces me habían preocupado, pero ahora... lo que menos quería era que llamase la atención.
Los muebles de la cocina de Liam estaban sucios y llenos de grasa. La encimera estaba repleta de vasos y platos sucios, con restos de comida de hacía un par de días. También había cajas de galletas, de cereales y de pizza abiertas y vacías. Cuando abrí el frigorífico con la esperanza de encontrar algo útil, sólo encontré latas y latas de cerveza. Literalmente, allí no había comida. ¿Como diantres se estaba alimentando Liam aquellos meses? Nunca había sido un hombre descuidado, muy a pesar de su comportamiento y vicios. Pero aquello... aquello era una locura.
—Todo listo —anunció mi hermano tras bajar las escaleras pegando saltos. Se había vestido con un abrigo de lo más cálido, con bolsillos exteriores e interiores. Conocía ese abrigo porque lo tenía desde hacía muchos años. Sólo de recordar aquellos tiempos se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Que has cogido?
—Llevo ropa, un par de navajas, papel... eh... —se detuvo para pensar —Mi móvil —añadió. Yo también llevaba mi propio móvil e incluso un cargador. No dejaba de tener el presentimiento de que me llamarían de comisaría para decirme que me había metido en un buen lío. Cuando una ciudad entera debía ser evacuada... ¿La policía también contaba? —Y un par de cosas más. ¿Llevas comida?
—Sí, y da gracias a ello, porque si no llevase nada morirías de hambre —gruñí. Salí de la cocina para tomar la correa de Eros y suspirar. —Vayámonos ya.
Abrir la puerta de la casa fue quizá uno de los actos más valientes que ambos compartimos. No se nos olvidaba que hacia escasos minutos, una de esas personas infectadas, por lo que demonios fuera, había atacado a una persona en la misma calle en la que nos encontrábamos. Que eran peligrosos ninguno lo dudábamos ya. Por ello, sujetando el arma con manos temblorosas, me abrí paso hasta entrar en el vehículo. Por suerte, no nos encontramos con nadie. El silencio volvía a ser sepulcral, tan inmenso, que ni si quiera se oían animales. —Bien, arranca ya. —ordenó Liam con tensión en la mandíbula. Se había sentado a mi lado tras dejar a Eros amarrado en los asientos de atrás. Sin mediar más palabra, introduje la llave y puse el coche en marcha. Ya no había necesidad de poner luces, de llamar la atención o de buscar una alternativa. Sólo teníamos que llegar.
Y llegar, no fue tan fácil.
La salida oeste de la ciudad estaba lejos y cruzar las calles no fue tarea fácil. Había decenas de coches mal aparcados en mitad de la calle, acompañados de un reguero de suciedad horrible. Cuanto más nos acercábamos al punto de evacuación, más personas encontrábamos. Muchos iban a pie, corriendo, y otros, conducían a toda prisa por la ciudad aun a riesgo de que se estrellasen contra una pared. Y la carretera... la carretera estaba llena de cadáveres y sangre. —Esto no puede ser verdad... —murmuré.
—No... No te pongas nerviosa ¿Vale? —pidió Liam, tan nervioso como yo —Tenemos que mantener la calma. Si no mantenemos la calma, no vamos a salir de aquí.
—Liam... Mira... —. Frente a nosotros, una oleada de personas que caminaban torpemente, cubiertas de sangre y podredumbre, empezaron a acercarse a nuestra dirección. La gente salió corriendo despavorida, y mucho de ellos hacia nosotros. Se volcaron sobre nuestro coche, haciéndome gritar de terror y haciendo que Eros se pusiese increíblemente nervioso.. Pidieron auxilio, intentaron abrir las puertas e incluso detener el coche. Quise ayudar, juro que quise ayudar a todas aquellas personas que estaban a punto de ser atacadas por las criaturas. Pero no pude.
—¡Pisa el acelerador!—ordenó Liam. Como un autómata hice lo que me pidió mientras que él de un tirón giró el volante. En un abrir y cerrar de ojos, habíamos girado en el cruce en el que nos encontrábamos y habíamos optado por otro camino. Las personas que estaban sobre el coche salieron despedidas, mientras que otras intentaron seguirnos el paso sin éxito alguno.
—¡Esa gente va a morir ahí!—informé sin dejar de conducir.
—¡Olvídate de tu honor y tu deber, Nelly! ¡¿A caso no estás viendo como está todo?!—. No hacía falta que Liam me esclareciese nada. Mis propios ojos eran testigos de la carnicería que estábamos cruzando. Cuando salí de mi casa, las calles no estaban así... y apenas una hora después... aquella no parecía mi ciudad de siempre. —Aquí ya no eres policía, sino una más —continuó —No debemos fiarnos de nadie, no hasta que sepamos qué son esas cosas y qué provocan.
—No... No son zombies —intenté auto convencerme con la barbilla temblorosa.
—Pues para no serlo... se parecen demasiado...
Mucho antes de llegar a la salida oeste, centenares de personas se empezaban a congregar, todas hacia una misma desembocadura. Un par de helicópteros sobrevolaban la zona con enormes focos apuntado hacia nuestras cabezas, hacia un mar de gritos y desesperación. Conducir más fue imposible. La gente bajaba de sus respectivos coches, dejándolos en mitad de la carretera y sin seguridad alguna. Empezaban a formar lo más parecido a una barricada metálica infranqueable, incluso para nosotros, pues no nos quedó más remedio que imitar lo que el resto de personas hacía. Sujeté la correa de Eros con tanta tensión que temí hacerle daño con un mal tirón. Temía que se pusiese tan nervioso que se escapase y no lo volviese a ver. Era innegable que estaba asustado, con el rabo entre las piernas.
—Vamos, vamos.
Caminamos hacia donde todo el mundo lo hacía. Entre nosotros había gente herida, algunos ni si quiera podían correr con normalidad, pero nadie parecía querer prestarles atención. A paso rápido, adelantamos a docenas de familias e intentamos situarnos lo más cerca posible del punto de evacuación, el cual ni si quiera visualizábamos. —Está demasiado lejos aún —dije con miedo.
—Maldita sea ¡Eh, a que esperan, vamos! ¡Joder! —comenzó a gritar Liam. Frente a nosotros, se había formado un tapón de personas. Todos querían llegar rápido y encontrarse seguros. Muchos estaban peleándose, golpeándose y cayendo al suelo en una rencilla para llegar los primeros que, el resto, una vez más, ignoraba. Aquello era una locura. Demencial. —¡Vamos, me cago en la puta! ¡¿A que esperáis?!— insistió, comenzando a dar empujones sobre las personas a las que tenía delante.
—¡Eh, eh!— intenté detenerle mientras le sujetaba del brazo. Eros comenzó a ladrarle al entender que había algo en él que no me gustaba.
—¡Esta gente no avanza! ¡¿Que es lo que no entienden de una evacuación?!— preguntó frenético. tenía una mirada tan desquiciada, que me hubiese preocupado y extrañado de no ser por la situación que estábamos viviendo.
—Todos quieren irse, Liam. Pero somos demasiados —intenté explicarme.
—¡Pues no me pienso quedar aquí! ¡Joder!
—¡Relájate! ¡¿Quieres?!
—¡Tenemos que salir! ¡Aparta de ahí, capullo! —sentí que Liam no había elegido a su victima de forma premeditada, sino que tomó a una persona de enfrente al azar y la arrojó al suelo. Por un momento, me quedé en blanco. Después, entendí que el problema se agravaba.
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