Nathan
Como de costumbre, el laboratorio estaba completamente envuelto en calma y silencio. Los pasos de los distintos trabajadores que cruzaban un pasillo tras otro se veían amortiguados por aquellas atípicas sandalias blancas acolchadas que llevaban a juego con sus más típicas y corrientes batas. Mi mujer, Ivy, era una de ellas. De vez en cuando cruzaba el pasillo solo para echarme un vistazo. Y yo se lo devolvía. Y me sonreía. Y yo sonreía. Típico de un par de idiotas ¿Pero qué podiamos hacer? Eramos una pareja apegada, cariñosa y un tanto celosa, aunque ello no nos conducía en absoluto a ningún tipo de conflicto; al revés, nos comprendíamos a la perfección. Por eso me divertía tanto verla deambular ignorando durante unos minutos su trabajo. Por eso le sonreía de vuelta, porque ella sabía que a veces yo también jugaba a lo mismo. Observarla, buscarla, picarla... Solía recordar constantemente la cantidad de problemas que eran capaz de ver nuestros allegados con el tema de trabajar juntos. Nos reíamos mucho Ivy y yo, siempre, y sobre todo al llegar a casa, recordando todos esos comentarios y lo bien que lo llevabamos tras tantos años de trabajo en los laboratorios Ark, la joya de la corona de la ciudad de Urdem Hill. El nombrecito de la ciudad siempre me pareció curioso.
Sin embargo, parecía que la tranquilidad no podía durar para siempre en un lugar como aquel. Apenas era medianoche cuando el silencio era vibrante, mucho más pronunciado que de costumbre. Yo, colocado en mi puesto en mitad del pasillo principal en dirección a las salas de ensayos, no podía hacer otra cosa que removerme incómodo en mi puesto. Acariciaba con el dedo índice el gatillo del rifle de asalto que por normativa debía llevar en todo momento, amén de la oscura ropa de uniforme que contaba con una máscara de gas colgada del cinturón a un lado de la cadera debido a los riesgos de fuga de diversos tipos de emisiones por los distintos experimentos. Pensaba en cómo Ivy me había contado que estaban llevando a cabo ciertas pruebas sobre unos "trabajos" que, según su jefe, abrirían la puerta a un futuro prometedor a todas aquellas personas, hombres y mujeres, que desearan ser padres en un futuro y no pudieran serlo por cualquier tipo de problema que tuviesen y se lo impidiese. Me llamó poderosamente la atención la palabra "cualquiera" en esa frase, pero no le di demasiadas vueltas. No hasta esa misma noche. Era, se suponía, un fármaco que facilitaría la venida de niños al mundo... y sin embargo a mí se me erizaban los vellos con el sencillo hecho de estar solo en mitad del pasillo como solía hacer cada día desde hacía ya muchos años ¿Entonces, cuál era el problema? ¿Qué tenía de diferente aquella noche concreta de cualquier otro día? La respuesta la obtuve al mirar el reloj en mi muñeca. Hacía ya una hora que Ivy no aparecía. Y no solo Ivy, sino cualquier otro colega suyo de los laboratorios. Ni siquiera había aparecido alguno de mis compañeros paa saludar, para hacer ronda, o cualquier tipo de procastinación típica de un trabajo tan aburrido (aunque mejor era que fuera aburrido por el bien de todos). Por ello, empujado por una creciente ansiedad en mi pecho, esgrimí timidamente el arma y desafié mi posición laboral moviéndome de mi puesto.
Mis pasos eran como ronquidos en aquellos pasillos huecos y blancos como el paraíso. Las botas pesadas no eran más que trompetas del apocalipsis en mis oídos. Pasaba junto a varios laboratorios y salas de reuniones y no encontraba nada, ni un alma, ni el menor signo de vida en todo el lugar ¿Me estarían gastando una broma? Ivy era la primera que sería capaz de preparar algo así para darme un buen susto. Y de ser así se llevaría la mayor reprimenda de su vida, puesto que tan nervioso me hallaba que la boca me sabía a sangre por la presión. Mi trabajo no era ninguna tontería; todos en el laboratorio sabiamos, desde las Fuerzas Especiales de Seguridad y Erradicación hasta el más humilde biólogo y químico recién salido de una carrera estudiantil y que había sido elegido para trabajar en alguno de los progamas, que nos jugabamos la vida cada día que pasabamos encerrados en esas instalaciones. No había virus, bacteria o enfermedad que no tuviesemos embotellada y examinada en Ark y cualquier fuga podría ser mortal en la mayoría de los casos... ¿Pero aquello? Aquello parecía ser distinto. Dios, nunca podría haber llegado a imaginar lo distinto que era.
Dado que tras peinar por completo la planta no encontré a nadie, me decidió a bajar a las plantas inferiores. En efecto, se encontraban tan vacías como las demás. Una tras otra las fui dejando atrás y acabé en las Escaleras Rojas, un nombre un tanto críptico y digno de pensamiento esotérico que habiamos dado Ivy y yo a las únicas escaleras que, se supone, nadie sin autorización expresa del jefe de las instalaciones podía bajar. Yo no sabía qué guardaban ahí abajo y según Ivy, ella tampoco. Pero visto lo visto, no quedaba más remedio que probar. Eché mano a la puerta solo para encontrar cierta resistencia a su apertura tras bajar los primeros escalones rojos que advertían, acompañados de un cartel, que estaba a punto de pisar "suelo sagrado" para los altos mandos. Me armé de valor y empujé con todas mis fuerzas. Y por un instante me arrepentí. Cuando mi cerebro procesó la aberrante escena que se estaba dibujando ante mis ojos y el olor metálico de la sangre se agolpó en mi nariz como si me la estuvieran inyectand en los orificios nasales directamente, mi reacción inmediata fue apartarme a un lado y vomitar. Era nauseabundo. Debían de ser decenas de trabajadores del laboratorio y, a juzgar por algunos uniformes negros, algunos de mis compañeros. Estaban destrozados. Llenos de cortes, arañazos, algunos mutilados y juraría que algunos estaban mordisqueados. Me temblaba el pulso y más conforme al caminar, sentía la resbaladiza superficie de la sangre espesa y algunos órganos bajo mi peso. No podía dejar de pensar en Ivy. Si le había pasado algo, lo más mínimo... ¿Pero el qué? ¿¡Quién o qué podía haber organizado tal carnicería!? Mis preguntas no encontraban la menor respuesta y aún se me generaban más conforme avanzaba por los pasillos. Las luces parpadeaban como si estuvieran tan asustadas como yo. Las paredes estaban destrozadas, llenas de arañazos imposibles de realizar por cualquier humano y me atrevería a decir, imposibles incluso para un animal común y corriente. El ala estaba repleta de cuerpos por doquier y entre ellos llegué a ver un sin fin de puertas de acero estancas abiertas, todas de par en par. Algo, y en cantidades, había escapado de Ark... o por lo menos de su confinamiento. Seguí buscando a Ivy incansable entre ríos de sangre y vísceras hasta que finalmente se me encogió el corazón al ver su inconfundible figura frene a una de tantas celdas —¡Ivy!— poco me importaron los cuerpos y la sangre cuando me avalancé sobre ella, deslizándome de rodillas sobre el blanco suelo contrastando con el líquido carmesí —Ivy ¿Ivy?— llamé, tomándola entre mis brazos para poder verle la cara. Me quité a mordiscos uno de los guantes y le tomé el pulso. No respondía ¿Por qué no respondía? —Cariño, por favor— la acuné —Por favor, respóndeme— no sé, realmente, cuanta gente comprende en el mundo el dolor de hablar con uno mismo, porque sabes que nadie más te escucha. Me lo pregunté por un instante, para luego darme completamente igual. Solo me importaba el hecho de que Ivy no estaba ya, pese a que su cuerpo aún tibio reposaba en mis manos. Sabía que lloraba en ese momento, sabía que me fallaban las fuerzas y no podía hacer gran cosa, más que sacarla de allí y darle una digna sepultura. Pero me llamó la atención algo a sus pies. Una tablet con la pantalla destrozada amenazaba con apagarse debido a los daños. En ella, aún se adivinaba una especie de historial clínico. Apenas se podían apreciar los detalles de todo aquel sin fin de detalles y jergas que yo nunca comprendía, pero había una fotografía. Un muchacho joven, un tanto apuesto si no fuera por su físico desmejorado y demacrado como si llevase días sin comer ni dormir. El título del historial rezaba "Sujeto Omega" y en alguno de los pocos campos legibles se le catalogaba como "Reina". Traté de averiguar algo más pero finalmente el cacharro acabó por estropearse del todo y la pantalla se apagó. Apenas conseguí grabar en mi mente el rostro de aquel tipo. Desesperado, alcé la cara tratando de respirar, de calmarme... y acabé comprobando que la puerta ante ella tenía grabado el símbolo griego Omega. Ese tipo estaba ahí encerrado y ahora no ¿Y si él...? ¿Era él el responsable? Ante la posibilidad de haber visto la cara del presunto asesino de mi mujer, me quedé completamente helado. Lo suficiente como para no darme cuenta de que Ivy estaba en pie a mis espaldas.
Apenas sentí el roce de sus dedos me di la vuelta y recogí el arma del suelo, aprovechando que me encontraba arrodillado. Siguiendo mi firme entrenamiento me alejé del objetivo desconocido y me preparé para abrir fuego pero... —¿I-ivy?— se me encogió la barbilla al verla ahí, mirándome, con sus ojillos brillantes como si hubiera llorado desconsolada durante horas —¿Cariño?— ella solo intentó extender los brazos hacia mí. Quería abrazarme. Y Dios, yo quería abrazarla a ella y no soltarla jamás —Cariño...— avancé —Dios... Creí que... Creí que... tú...— extendí mi brazo hacia sus caderas para rodearla y estrecharla contra mí. Las lágrimas que me empañaron la visión por la repentina alegría y miedo no impidieron, sin embargo, presentir que algo raro ocurría. En cuanto me acerqué pude atisbar por un momento cómo su rostro inexpresivo mostraba por un instante los dientes en un intento de hincarme el diente en el gaznate, por lo que me alejé en un respingo —¿Ivy? ¿Que... haces?— se me escapó una sonrisa. Esa reacción humana tan estúpida y típica que sucede cuando nos encontramos nerviosos o no damos crédito a lo que vemos u oímos. Estaba ahí, era mi mujer. No estaba muerta pero trató de morderme ¿Por qué? —Ivy, cálmate un momento ¿De acuerdo? Explícame qué ha pasado. Qué es todo esto. Qué es todo este lugar y esto del sujeto Omega— señalé a la puerta —Está todo lleno de cadáveres y ni siquiera he oído gritos ¿Cómo es posible?— no me contestó. Su cabeza se movía de forma errática y miraba de un lado a otro como si se encontraba completamente deshubicada y descontrolada —¡Ivy! ¡Espabila y contéstame!— el grito me nació de la frustración y el desconcierto, pero me gané de nuevo su mirada. Y esta vez era muy diferente. No le brillaban los ojos con temor o ilusión, sino que se le secaron y parecían dos esferas de madera incrustados en sus cavidades oculares. Se avalanzó sobre mí como una bestia desesperada por comer, abriendo sus fauces de forma extraña —¡Ivy, para!— gruñí, retrocediendo. Emitió un quejido gutural y sobrehumano que le nacía directamente desde el diafragma, porque ninguna garganta humana podría emitir tal sonido escalofriante y aterrador. A mi espalda, para mi pánico, le contestaron los mismos lamentos monstruosos. No podía ser verdad y mis ojos se negaban a dar crédito a lo que veía ¡Los muertos estaban en pie! ¡Todos! ¡Incluso aquellos que sufrían de desmembramiento o evisceración! —N-no puede ser...— quité el seguro del arma —No puede ser...— miré a mi mujer —Ivy...— se me cerró la garganta y me brotaron las lágrimas como si mis ojos fueran volcanes al comprender que en ningún momento era ella, sino una de las pesadillas que me estaban rodeando —¡Ivy aléjate!— ordené con voz rota, con el dedo en el gatillo —¡Ivy, para!— recé a cada uno de los dioses de las distintas religiones para que entrara en sí, pero no parecía que fuera a hacerlo jamás. Nunca más —¡Ivy!— di una última advertencia pero extendió sus brazos una vez más para agarrarme —Te quiero Ivy...— lloré, finalmente, desconsolado.
Y el silencio se llenó del estruendo de mi rifle abriendo fuego.
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