Nathan
Salir de Ark fue más difícil de lo que jamás pensé. No solo por el hecho de que los que allí habían perdido la vida se habían reanimado como en aquellas viejas historias de terror que nunca nadie cree posible, sino porque por primera vez, lo hacía sin Ivy a mi lado. Arrastraba los pies como uno de esos malditos resucitados, con la mirada perdida y la boca seca. No me quedaban balas en el arma ni cargadores disponibles en el cinturón. Tenía manchas de sangre salpicada por todo el uniforme... Era un maldito desastre.
El aire de la calle tampoco me supo diferente, para añadir a la tragedia. El silencio y la soledad de las calles iluminadas pobremente por las farolas no presagiaba nada bueno. Ni siquiera se veían gatos callejeros o ratas en los viejos contenedores cerca de los laboratorios. Nada, ni un alma. Ni un sonido más que el de mi agitada respiración. No me quedaba otra que acudir a mi casa. Mi santuario. Mi único lugar al que regresar. Y tal y como salí de los laboratorios, solo.
Cuando alcancé mi destino seguí sin encontrarme a nadie, pero en todo momento tenía la extrañísima sensación de que varios pares de ojos me observaban desde las penumbras que se formaban en la calle. Alguna racha de viento repentina levantaba silbidos lúgubres en el ambiente, agitaba algunas bolsas viejas de basura y arrastraba detritus por la carretera. Teníamos un buen trabajo Ivy y yo hasta el momento, pero tampoco nos apartamos a vivir lejos de nuestro barrio de toda la vida.
Al entrar en casa me invadió por completo la pesadumbre y la tristeza. Todo estaba tan apagado, tan ausente. La casa olía a Ivy, o al menos a mí me lo parecía. Yo seguramente apestaba a sangre. Cerré la puerta tras de mí y me quité el uniforme a toda prisa para ponerme unos vaqueros algo viejos y desgastados, una camiseta negra de manga larga y una camisa de cuadros típica de estilo leñador de colores rojos y negros por encima. Me lavé las manos y la cara con fruición, pues eran las zonas más descubiertas. No tenía tiempo para darme una ducha, ni tenía ganas. Fui hacia el televisor y a la vez encendí la radio buscando algún tipo de noticia que pudiera informarme de lo que ocurría, porque algo raro estaba pasando definitivamente en la ciudad. Urdem Hill no era precisamente Nueva York, pero siempre radiaba vida nocturna. Vida que no parecía existir, como si se la hubiese tragado la tierra.
Pasé largos y tediosos minutos buscando canales de radio y televisión donde hubiese alguna noticia, pero para mi pesar, todo canal o emisora local estaban fuera de señal, lo cual avivaba muchísimo más mis temores. Mientras esperaba por si alguna señal retomaba su función, fui al pasillo que daba a las escaleras del segundo piso de la casa. Allí estaba el cuadro de mi vida con Ivy, un retrato pintado al oleo por un viejo amigo de la familia de mi esposa. Tras él, decidimos guardar la caja fuerte con nuestros ahorros de emergencia y algún que otro útil en caso de necesidad. Lo descolgué con el mimo con el que un padre sostendría a su hijo recién nacido y lo coloqué a un lado para escribir el código de seguridad en el panel de la pequeña caja metálica que había empotrada en el muro. Una serie de tres pitidos cortos anunciaba que el código había sido aceptado y la puerta se había desbloqueado. Dentro había un par de fajos de billetes ahorrados... y una pistola con dos cargadores. Era un modelo magnum del calibre .50, las más grandes y pesadas en la categoría de armas de mano. El arma era casi más grande que mi propia mano y sostenerla requería el uso de ambas para controlar su potencia de disparo. Costó carísima. Recordaba a Ivy bromeando sobre cómo ibamos a ir a cazar elefantes algún día con ella, que era desmedida en caso de necesitar autodefensa por criminales o peligros que entraran en casa. Sonreí al rememorar que le dije que la protección "nunca es desmedida". Joder, qué razón tuve aquella vez. Si estuviera a mi lado, seguramente se burlaría haciendo alguna broma sexual sobre tamaños y su importancia...
—...peligro. Atención, repito el mensaje. Al habla la unidad F.E.S.E., se declara la ley marcial en la ciudad. Se ha detectado una grave fuga vírica en los laboratorios Ark. Se ruega a los ciudadanos conserven la calma y se dirijan a pie hacia la salida oeste de la ciudad. Serán evacuados con prontitud. No desobedezcan este mensaje, os encontráis en grave peligro. Atención, repito el mensaje...— la radio comenzó a emitir aquellas palabras en bucle. La voz sonaba grave y crispada, para nada alterada ni con efecto de emergencia.
—¿F.E.S.E...?— esa era mi unidad, desde luego: Fuerzas Especiales de Seguridad y Extinción ¿Qué hacía el equipo de seguridad de un laboratorio evacuando a personas de la ciudad como si fueran el ejército? No tenía el menor sentido. Eramos un grupo pequeño... Para más incertidumbre, oí helicópteros pasar por encima de mi casa. Corrí a la puerta para asomarme y ver a tres enormes "pájaros" de fuerte potencia de tiro cruzando el cielo en formación triangular, con sus potentes focos iluminando frenéticos en todas direcciones —¿Qué cojones está pasando aquí Ivy...?— pregunté a mi ausente esposa, a la que siempre sentía a mi lado. Hice acopio de fuerzas y me preparé. Cogí una mochila que llené con algunas conservas que quedaban en la cocina, pues parecía ir para largo. Cogí el dinero por si me hacía falta en alguna otra ciudad a la que me desplazaran y me puse rumbo a Connie Street, desde donde partía la carretera por el puente oeste para salir de la ciudad.
Nikolai
—Esto es una pesadilla— la mujer cargaba a su hijo pequeño en brazos mientras que el mayor, que no tendría más de 10, la seguía de cerca —Esto es una terrible pesadilla. Ya cariño, ya...— sollozaba mientras trataba de calmar al bebé, que lloraba desconsolado. Yo miraba en todas direcciones, siguiendo el rebaño. Eramos un grupo de 20 personas que caminábamos escoltados por un grupo de esos soldados que había en el laboratorio. Estaba temblando como nunca antes lo había hecho. No me quitaba la capucha de la sudadera en ningún momento y mantenía la cabeza gacha por si alguno me reconocía. Me había pasado los últimos 20 años de mi vida encerrado en aquel maldito y desolador lugar, envuelto en luces y el pálido color blanco que me mareaba y provocaba jaquecas hasta que la cabeza me iba a reventar. Ahora, decían, nos iban a llevar a un lugar seguro. No sabía si les podía creer.
—¿Vais a decirnos de una vez qué está pasando?— preguntó un hombre de piel oscura, bastante obeso. De hecho llevaba en la mano una bebida que olía bastante bien, caliente y humeante.
—Tenga paciencia, señor— dijo uno de los soldados a través de la máscara de gas.
—Ya he tenido paciencia suficiente. Llevamos un rato caminando ¿Sabes lo que me duele la espalda, amigo?— gruñó —Además ¿Por qué esas máscaras? Si hay algo tóxico en el ambiente deberíais darnos una a todo el mundo. Estamos yendo como pollos al matadero y no tenemos ni la menor idea de qué ocurre a nuestro alrededor ¿Sabes que te digo a ti y a tus amiguitos de uniforme? Que os jodan. Que os jodan a todos—
—Es por su bien— se giró el soldado —Servimos para proteger, señor. Pero si no controla sus impulsos y su mal humor, mucho me temo que va a dificultarnos la tarea y no podemos tolerarlo—
—Traed aunque sea un puto coche o uno de esos caminiones vuestros, joder— volvió a quejarse.
—Tendrá que caminar, señor. Le aconsejo dejar de beber chocolate si tanto le aqueja su peso corporal—
—¿Me estás llamando gordo, hijo de puta?— dio un paso hacia el soldado, enfadado.
—Contacto— dijo otro de los soldados. Eran cuatro y nos rodeaban haciendo esquinas. A la voz del tipo, los cuatro esgrimieron sus armas y apuntaron hacia el frente. Unas siluetas sombrías, contrastando con la luz, vagaban hacia nosotros con paso lento pero imponente. Gruñían, siseaban y aullaban de forma inhumana —Fuego a mi señal— ordenó.
—Qué coño...— se sorprendió el hombre de piel negra, mientras yo me apartaba, despacio. Aprovecharía la distracción para dejarlos atrás. Si descubrían quién era yo...
—¡Fuego, disparad!— ordenó finalmente y los rifles hicieron volar las balas. Los niños lloraron de terror, al igual que las madres. No hubo cese en ningún momento y yo me escabullí finalmente. Corrí a través de un callejón oscuro hasta toparme con una verja que me impedía pasar. Tendría que saltarlo.
—¡Espere!— gritó una voz de mujer a mi espalda —¡Espere por favor!— me giré nervioso y con el corazón bombeándome con fuerza en el pecho —¡Ayude a mi hijo a pasar! ¡Lléveselo!— era la señora que llevaba al bebé en brazos. No supe hacia dónde mirar. El bebé lloraba, el hijo mayor también. Y a sus espaldas, al final del callejón por donde entré, solo habia gritos y disparos, además de alaridos sobrehumanos. —¡Por favor!— siguiendo mi instinto, salté a la valla y la crucé sin mayor complicación. Era parte de mí, era en lo que me habían convertido, a fin de cuentas. Desde el otro lado de la pequeña muralla de alambres, vi a la mujer llegar. Con los ojos rojos y desesperada se aferró a las rejas —¿Por qué? ¿Por qué no me ayuda?— suplicó —Por favor, ayúdelo a pasar— el niño me miraba y yo le miraba a él. Di un paso atrás. No podía ayudarle. No podía ayudar a nadie ¿Y si me retrasaba? ¿O llamaba la atención? Yo no sabía cuidar a nadie y menos a un niño. Acababa de renacer, como quien diría. Era mi primera noche fuera de las malditas instalaciones tras 20 años... —¡Corra!— la voz de la mujer me sobresaltó. Tras ella, avanzaba una siniestra sombra larguirucha reptando a través de la pared del callejón. Al llanto del bebé, respondió otro llanto de recién nacido. Pero esta vez turbio, distorsionado, horripilante. Los vellos se me erizaron y la mujer casi sintió ganas de vomitar al oír aquella perturbadora voz que provenía de aquella sombra. Debía de medir 3 metros de alto y aún así, lloraba y se lamentaba como un bebé. Pavoroso, escalofriante —¡Sube!— ordenó a su hijo mayor, que hacía el esfuerzo de escalar la reja. Por resquicios de humanidad, di un paso hacia la verja y traté de empujarle los pies hacia arriba desde el otro lado, pero era joven e inexperto, se resvalaba o decía que le dolían los dedos. Era tarde, de todas formas. Aquella criatura avanzó a la velocidad del miedo, lanzando alaridos fantasmagóricos. Cuando por fin lo tuve ante mí, era como ver a un viejo amigo, por mucho que me repugnara. La mujer y los dos niños perecieron en un abrir y cerrar de ojos. Los gritos y el llanto del retoño se ahogaron en sangre y restallidos de carne cuando aquel ser alto y escuálido como alguien que no ha comido en años los destrozó con garras y dientes. Casi no recordaba la sensación de sentir asco y nauseas por ver algo capaz de revolver el alma hasta ese mismo instante. La imagen me perseguiría por siempre, al igual que los gritos de ayuda de la mujer por salvar a sus hijos. Pero después de lo que soy, después de haber vivido lo que había vivido... ¿Qué era una marca más en el alma, si es que me quedaba algo de ella ya?
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