Nathan
A paso ligero fui cruzando calles y más calles. Me quedaba bastante para llegar ¡Joder, si es que prácticamente era la otra punta de la ciudad! Afortunadamente, no había tráfico. Las carreteras eran caminos alternativos de alquitrán seco, tenuemente iluminados con fantasmagóricos semáforos que cambiaban de color según su programación de tiempo sin que ningún vehículo obedeciera sus normas. Sentí un terrible escalofrío en la nuca al percatarme de la inmensa soledad en la que se veía asolada la ciudad.
No fue hasta alrededor de 10 minutos después de camino continuo hasta que encontré señales de vida. Una furgoneta oscura como la misma noche se avanzaba despacio por la carretera, con las luces encendidas y un par de focos en las ventanillas laterales iluminando las calles. Reconocí los emblemas que llevaba impresos en el frontal, sobre la luna delantera y en los laterales sobre las puertas correderas de la zona trasera: una serpiente de tres cabezas rodeando un cáliz, una total perversión del símbolo de la Copa de Higía, sobre la sanidad y la farmacia. Compañeros de la F.E.S.E. ¿En qué mejor momento para encontrarme con ellos? Estaba solo, nadie nos oiría sobre los asuntos que pudieran estar sucediendo. Tal y como esperé, frenaron su avance lentamente cuando uno de los focos me iluminó. Las puertas se abrieron con celeridad y dos efectivos bajaron del automóvil con los rifles en ristre, apuntándome. Los láseres rojos me dieron en los ojos por un instante, cegándome —El objetivo responde a estímulo visual— comentó uno de ellos mientras me frotaba los párpados.
—¿Pero qué coño os pasa?— pregunté, alterado —¿Qué procedimiento es este?—
—Capacidad de habla. No parece infectado. No hay heridas visibles— narraba el tipo mientras se acercaba a mí.
—Soy compañero, joder— gruñí, apartándolo con un suave empujón —Formo parte del equipo—
—Identificación— ordenó. Tras la máscara de gas y los lentes oscuros de la misma, no sabía reconocer el rostro de ninguno. Hasta sus voces estaban distorsionadas por los filtros, de forma que tampoco sabía con quién hablaba.
—Nathan Fox— busqué en mi pantalón la cartera. Ahí había dejado una tarjeta de identificación por si me encontraba con algún equipo del equipo de seguridad y podían ayudarme. Extraje la tarjeta con el símbolo de la serpiente tricéfala con mi nombre impreso y se lo entregué. Lo estudiaron juntos en la furgoneta, en una especie de ordenador portátil de pequeñas dimensiones que llevaba uno de los miembros del escuadrón. Hablaron en voz baja y me miraron, para finalmente acercarse el mismo efectivo y hacerme entrega de la tarjeta.
—Nos alegramos de que estés a salvo, Nathan. Soy Jerome—
—¡Jerome!— sonreí, si es que se podía llamar sonrisa a la tirantez de mi rostro —No te reconocía con la indumentaria y esa máscara en la cara. No es la misma que usamos en los laboratorios—
—No, no es la misma— dijo secamente y miró a todas partes —¿Dónde está Ivy?— la pregunta me cogió por sorpresa.
—Ella...— tragué saliva.
—¿Ha muerto?— inquirió de forma dolorosa. Solamente asentí —Sube— se hizo a un lado para que subiera a la furgoneta.
—¿Vais a llevarme a la extracción?—
—Sí— dijo, cerrando la puerta en mis narices una vez me monté.
Iniciaron el trayecto de nuevo, igualmente a baja velocidad. Iluminaban las calles con detenimiento y estudiaban cada recobeco. Atrás, iba acompañado por Jerome y por Sullivan, otro de los compañeros que no reconocí. Ambos habían compartido turnos conmigo en los laboratorios, pero hacía ya tiempo que les cambiaron de puesto. Por otro lado, el ambiente estaba enrarecido. Me sentía como uno de esos tipos pequeños y débiles de salud que se montaban en el coche de un capo de la mafia e iba escoltado por sus sabuesos en el asiento de atrás, rumbo al matadero. Sullivan no dejaba de teclear en el ordenador y Jerome inspeccionaba su rifle una y otra vez —Este silencio me mata— gruñí —No quiero pensar ahora mismo. Distraedme. Contadme qué demonios está pasando— Sullivan me ignoró y Jerome alzó la vista tras la máscara para mirarme como si estuviera teniendo toda la paciencia del mundo —Venga Jerome— le animé —Joder, comprendedme. Estaba en el laboratorio y todo iba bien. Pasaron unas horas y entonces me di cuenta de que nadie pasaba por aquel pasillo ¡Tuve que ir hasta las Escaleras Rojas para encontrarme con toda esa locura!—
—¿Qué viste?— preguntó quedamente.
—Cadáveres, Jerome. Todos muertos. Incluida mi Ivy— decirlo nuevamente me quebraba la voz —Y eso no es lo peor. Me distraje un momento mirando una PDA y cuando me di la vuelta, Ivy y el resto de los que estaban allí estaban de pie ¡De pie, Jerome, y a la mayoría les colgaban las tripas! ¿¡Cómo coño es eso posible!? Y todas esas marcas, todas esas puertas abiertas. El Sujeto Omega y la Clave Reina...— decir aquellas palabras me provocaba dolor de cabeza. Me llevé las manos a la cara para ordenar mis pensamientos y tranquilizarme. Ello impidió que viese que Jerome y Sullivan se habían mirado el uno al otro y éste último hiciera un gesto con la cabeza.
—¿No oíste la llamada de emergencia al laboratorio subterraneo?— preguntó Sullivan por fin.
—No. No oí nada—
—Todos los efectivos recibieron una llamada por radio— insistió.
—Ah, la radio— bufé —Hacía días que debí llevarla a reparar o a que me la cambiaran por otra. Llevaba semanas fallando y al parecer se debió de acabar de estropear y no me di cuenta— negué con la cabeza. Se hizo un silencio repentino que esta vez sí que no se me pasó por alto. Empezaba a no gustarme el hecho de estar ahí encerrado con esos dos "compañeros" armados que se comportaban de forma tan enigmática —Y... ¿Cómo sabéis lo de la radio, si todos murieron?— hicieron una pausa antes de contestarme.
—Todos recibimos la llamada, pero no nos pertenecía el hecho de estar allí— dijo finalmente Jerome.
—Comprendo...— los miré a ambos —Estamos tardando en llegar a Connie Street ¿No?— entorné la mirada.
—Tenemos órdenes que cumplir. Todos las tenemos. Incluido tú, Nathan— con sumo cuidado, Jerome acariciaba el gatillo de su arma. Le miré el dedo y vi que él me miraba. La situación se volvió mucho más tensa de golpe.
—...Ya— suspiré pesadamente.
—Tus órdenes eran bajar al laboratorio subterraneo de Ark. Debías estar allí—
—Y estuve— él negó con la cabeza.
—Pero tu trabajo era quedarte allí, con tu mujer. Y los demás— comprendí a lo que se refería.
—¿Estás diciéndome entonces que todo esto estaba planeado?— dije con tono jocoso. Recé a cualquiera que me escuchara porque no me dijese que sí.
—Sí— el corazón se me rompió en pedazos. Empecé a sudar. Me temblaba la pierna derecha de forma que mi pie golpeaba repetidamente el suelo.
—Así que debíamos morir— asentí frunciendo los labios.
—Sí—
—Mi mujer murió porque esto es parte de un plan—
—Sí— su frialdad me hacía pensar en si alguna vez podría fiarme de alguien. Jerome no era mi amigo, como quien podría decir, pero sí habiamos comido y reido juntos alguna vez.
—¿Y vais a hacer lo mismo con los extraidos en Connie?—
—No. Ellos serán transladados a otro lugar. Los ciudadanos no forman parte de la fase 1— volví a asentir.
—¿Por qué me cuentas todo esto?— pregunté por fin, con sonrisa triste.
—Por los viejos tiempos, Nate. Has sido un buen compañero. Y hemos compartido momentos. No es nada personal— por un momento creí percibí pesar en su voz —Pero todo esto es mucho más grande que tú y que yo. Más grande que tu matrimonio, o que el mío—
—¿Me estás diciendo que has dejado a Lou y a tu hija...?— no acabé la frase. Casi sentía sus ojos como clavos ardiendo atravesando las lentes negras de la máscara —Eres un monstruo. Tú, Sullivan y todos los que estéis en el ajo— gruñí apretando los puños.
—He sido parte de la selección de la brigada especial de supervivencia. Soy un hombre con suerte, como el resto de los compañeros, Nate. Vamos a ver un paso más en la etapa evolutiva. Un paso más allá en la existencia y en la cadena alimenticia. Vamos a ver un mundo mejor; uno donde no tengamos que temer por cambios climáticos, guerras nucleares... Si creamos nosotros el apocalipsis, podremos controlarlo— se explicó como si esa excusa sirviera para algo.
—Estás loco. Tú y quien sea que haya orquestado esto. Lo que acabáis de soltar en la ciudad no se puede controlar si no es exterminándolo ¡Ponedle fin antes de que se extienda!—
—Tiene razón— terció Sullivan de forma repentina, cogiendo una pistola del cinturón y apuntándome directamente con ella —Es hora de acabar con esto, Jerome. Antes de que sus palabras se extiendan y nos afecten a nosotros— Jerome miró el arma de Sullivan y luego me miró a mí. Parecía ser que soné más convincente de lo que pensé —Lo siento Nathan, pero como ha dicho Jerome, esto es más grande que nosotros—
—Espera Sully, es de los nuestros. Podemos hacerlo de una forma más respetuosa— Jerome y su lealtad, qué bonito. Ese pequeño instante de duda me permitió reaccionar, afortunadamente. Cometieron el grave error de no maniatarme o inmovilizarme si iban a deshacerse de mí de todas formas, pues no parecía figurar en su "lista de iluminados para la salvación". Tal y como me enseñaron, como me llevé años practicando,desenfundé mi pistola con gran velocidad, ya cargada, a la vez que asestaba una patada a la mano armada de Sullivan. La pistola voló de su mano a gran velocidad, impactando con el techo de la furgoneta y cayendo al suelo. Al cogerles por sorpresa reaccionaron más tarde que yo. Cogí la pistola del suelo con mi mano libre y, opuesto a ellos, no dudé ni dialogué. Abrí fuego y les arrebaté la vida a ambos con un disparo a cada uno, bien cerca, en el pecho. La furgoneta se detuvo de forma abrupta y piloto y copiloto trataron de bajar, pero antes de que lo hicieran les volé los sesos desde el cristal trasero. Mi arma propia, la magnum, humeaba. Me pitaban los oídos e incluso juraría que me sangraba uno por culpa del estruendo en un lugar tan cerrado, pero debía sobrevivir.
—Hijos de puta... Todos vosotros...— me guardé ambas pistolas y les quité la munición a los cadáveres. No me llevé los rifles de asalto porque llamaría la atención, ya que tenían los símbolos de la F.E.S.E. Lo que sí tomé fue el portátil y traté de indagar en los archivos que trasteaba Sullivan. Por desgracia la gran mayoría tenía contraseña de seguridad, como era obvio. Sólo pude ver el programa que tenía abierto de antemano: eran unos parámetros y coordenadas que señalizaban paraderos aproximados de triangulación de "Códigos Reina". Eran varios, al menos una docena. Estaban catalogados como "Máxima Prioridad". Si de verdad habían soltado cosas tan terribles, mucho más que los meros reanimados que encontré en el laboratorio... el mundo iba a irse a la mierda mucho más rápido de lo que podría llegar a imaginar. Al menos, tenía la confirmación de que la extracción de Connie Street iba a ser efectiva y real, de manera que bajé de la parte trasera y saqué el cadáver del conductor de un tirón para ocupar el volante. Conduciría hasta las cercanías y abandonaría la furgoneta para ir a pie. Tenía que salir de la ciudad a cualquier coste y después organizar mis ideas, pues eran demasiada información que procesar...
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