martes, 26 de febrero de 2019

— Sí, señora Belton. No se preocupe, señora Belton. Lo solucionaremos, señora Belton.

Mi voz se había convertido en lo más parecido al sonido emitido por una radio. Repetía las mismas palabras sin cesar, con la vista pegada a la pantalla del ordenador que estaba frente a mi, mientras tecleaba frases escuetas y directas sobre una denuncia por agresión. Agresión canina. La señora Belton, una mujer octogenaria y de muy mal genio, ya era conocida en comisaría. Su querido Chimy, un chihuahua tan mayor como ella, acostumbraba a meterse en peleas con iguales superiores a él en tamaño. La señora Belton siempre decía que Chimy evitaba tales conflictos con los demás perros de su barrio, así como aseguraba, que eran las vecinas quienes animaban a sus mascotas a atacar al pobre chihuahua por pura envidia. Por supuesto, aquella era una historia que ni yo ni ninguno de mis compañeros creíamos. Solo hacía falta alzar la vista por encima del escritorio para contemplar los afilados y brillantes dientes del animal, quien me miraba como si me juzgara desde los brazos de su dueña, como si fuera un ser superior a mi en todos los aspectos. Ese Chimy era un canalla, pero como agente de la ley, debía respetar las decisiones de las partes. Yo no era juez ¡Que más quisiera! Y por supuesto, tampoco había calabozos para perros, por mucho que más de uno mereciese una noche en soledad como castigo por haber destrozado el cuarto par de zapatillas nuevas en un mes.

Oiga, señora Belton. La denuncia está tramitada y haremos todo lo que está en nuestra mano para solucionarlo. Averiguaremos si sus vecinas han incumplido alguna norma. En caso de que haya alguna novedad, la informaremos de ello —me apresuré a decir. Mi mente me pedía a gritos que me despidiese de aquella mujer cuanto antes si no quería acabar quemada antes de que terminase el turno.
—No me fío de vosotros —murmuró la señora entre dientes. La sujeción de su dentadura postiza la hacía sesear de una forma bastante evidente. —La última vez no apareció ningún policía por casa.
—Si no aparece nadie es que todo se ha arreglado ¿No? —me forcé a sonreír. No me gustaba ser maleducada con las personas mayores, incluso con aquellas que tenían el corazón más frío que el hielo. Pero cuando la señora Belton no me devolvió una sonrisa, sino una mirada cargada de desprecio, empecé a pensar que no me estaban pagando lo suficiente.
—Volveré mañana si ese chucho apestoso de los Garrygrow vuelve a ladrar a mi Chimy —terminó por decir, como si de una sentencia se tratase, justo antes de marcharse por donde, hacía un par de horas, había venido. Solo cuando su silueta regordeta desapareció tras las puertas de cristal translúcido de comisaría, pude soltar el aire y deslizar la espalda por la silla de puro alivio.
—Estás hecha toda una experta. No se por qué decidiste ser policía cuando tienes madera de enfermera de abuelitas —bromeó Lizbeth. Mi compañera estaba sentada frente a mi. Ella había tenido tantas probabilidades como yo de ser molestada por un sencillo caso de peleas de mascotas, pero, como siempre, los peores casos siempre recaían en mí.
—La próxima vez que esa mujer venga, la atenderás tú.
—¿Yo? Oh, no quisiera ser cruel. Creo que te quiere como a su nieta —carcajeó con la boca llena de chucherías. Lizbeth era de esas mujeres que poseían un físico extraordinario pero siempre andaban comiendo porquerías. Si yo ingiriese todo lo que ella había estado picando durante un mes en las horas de trabajo, no sería capaz de correr detrás de ningún ladrón. Solo de pensarlo, me picaba el bichito de la envidia, que no me hizo más que resoplar de pura resignación.  —Vamos, podría ser peor. Una vez, antes de que llegaras, apareció un chico por aquí uno de esos días en los que nos toca estar en comisaría. Se había perdido y buscaba a su madre, a la cual no encontramos hasta el día siguiente porque se había marchado de la ciudad. Negligencias paternales a parte, el chico estuvo llorando toda la noche y tuve que encargarme yo sola de él. Desde entonces decidí que no quería ser madre —admitió.
—Supongo que elegir no tener abuelos no es una opción —comenté jocosa, provocando una risilla. Abrió la boca para hablar, seguramente para seguir bromeando o cambiar el tema a otro asunto más interesante. Sin embargo, el walkie que llevaba en mi cinturón comenzó a emitir sonido. La voz de Michael, un agente bastante experto, sonaba agobiada al otro lado del comunicador. —Recibo. ¿Que sucede? —pregunté sin mayores preocupaciones.
—Aquí el agente Michael. Solicito refuerzos con extrema urgencia en la gasolinera de la salida norte. ¡Rápido!
—¿Más refuerzos? —preguntó Lizbeth. —Hace una hora que salió el último grupo de aquí. Se debe estar liando una buena.
—No hay refuerzos, Michael. Sólo quedamos dos en comisaría. Deberían estar todos allí contigo —respondí con el ceño fruncido.
—¡No, ya no hay, Nell! ¡Necesitamos cuerpos aquí para contener esto! ¡Ya! —tras su último grito, el comunicador dejó de emitir voz alguna. Lizbeth y yo nos miramos con extrañeza. Solían ocurrir cosas bastante graves y serias de vez en cuando, pero jamás se había dado el caso de que faltasen efectivos para cubrir un mismo caso.

Me puse en pie sin siquiera apagar el ordenador, para posteriormente comprobar que sobre el cinturón aún colgaba mi arma reglamentaria, mi placa y unas esposas. No, no tenía permiso para salir de comisaría. Mi turno de aquella semana iba dirigido a prestar servicios al ciudadano desde detrás de una mesa, y no en la calle. Sin embargo, estaba segura de que en casos como aquellos, el deber debía ir por delante de toda orden. —¿Vas a ir? —preguntó la mujer mientras guardaba sus chucherías en el cajón del escritorio.
—Claro que sí—respondí mientras terminaba de vestirme con el abrigo de mi uniforme, de una tela impermeable gruesa e incómoda. —Cubre mi puesto. ¿Quieres? Y llama a las comisarías de las ciudades cercanas para pedir apoyo. En cuanto sepa de qué se trata, te lo comunicaré —. Lizbeth no necesitó más explicaciones. Asintió y se puso en marcha con las sugerencias que le había dado mientras yo ya caminaba en dirección a los aparcamientos.

Mientras conducía en dirección a la salida norte de la ciudad con las luces azules puestas, pensaba en posibilidades. ¿Un atraco venido a más? ¿Una pelea? ¿Habían herido a algún compañero? ¿Quizás algún problema que implicaba a niños? Ninguna excusa me parecía lo suficientemente enorme en gravedad como para que toda la policía de la ciudad estuviese volcada en una gasolinera. Las manos me temblaban mientras agarraba el volante. Hacía ya dos años que prestaba servicios y había tenido alguna que otra oportunidad de vivir situaciones de riesgo, pero aún seguía poniendome nerviosa cuando se avecinaba una. Tenía la mala costumbre de ponerme en lo peor. ¿Quien iría a avisar a mi hermano de que algo que habría pasado? ¿Como se lo tomaría? ¿Se ocuparía de Eros en mi lugar? La verdad es que dudaba mucho que Liam soportase a alguien más que a sí mismo.

Aun faltaban unos kilómetros para llegar a la gasolinera cuando empecé a ver a gente correr en dirección contraria hacia la que conducía. Corrían tan a prisa, que muchos tropezaban y caían. El sonido generalizado de gritos de terror comenzó a a hacerse cada vez mas fuerte a pesar de que estaba encerrada en el vehículo. —¿Pero qué...? —. De repente, un ciudadano se volcó sobre el coche, lo que me hizo dar un salto en el sitio de puro susto, además de pegar un frenazo considerable. Por suerte, iba conduciendo tan lento debido a la extrañeza, que el hombre no debió hacerse daño cuando cayó de espaldas. De hecho, se puso en pie con rapidez.
—¡¡¡Ayuda!!! ¡¡¡Ayuda!!! —gritaba con lágrimas en los ojos al otro lado de la ventanilla.
—¡Caballero! ¡¿Está usted bien?! ¡¿Qué ocurre?! —pregunté alertada, dispuesta a salir del coche y atenderle. Sin embargo, el hombre se marchó corriendo junto al resto de personas que seguía corriendo, con hijos y mascotas en los brazos. Un sudor frío, horrible, me recorrió la espalda. Debía ser un ataque terrorista, no quedaba otra opción. Sólo un ataque de tal magnitud provocaba una histeria colectiva y mantenía ocupados a todos los cuerpos de seguridad. Tomé aire con valentía y decisión para volver a poner en marcha el coche.

Jamás olvidaría aquella situación de conducir a toda velocidad, hacia un punto caliente, tan peligroso que podría costarme la vida, para ayudar tanto a mis compañeros como a la ciudad. Aquella situación de ir contra marea, esquivando a personas que ya corrían por salvar sus vidas, por intentar ayudar a sus familiares... Aquella situación en la que todo el cuerpo me sudaba, los cabellos sueltos de la cola se me pegaban al cuello y me ardía el estómago, a pesar de que sentía un frío similar al de estar rozando mi cuerpo contra un muro de hielo en pleno invierno.

Pero lo cierto es que jamás llegué a aquel sitio. Porque cuando observé qué era lo que ocurría... cuando comprendí, o al menos alcancé a reaccionar sobre el problema... me marché y no miré atrás.


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