Nell
El silencio era sepulcral. Parecía mentira que, hacía un par de horas, el bullicio había inundado aquellas calles. Los gritos, el ajetreo y la desesperación habían desaparecido para dar paso a un panorama escalofriante. Tanto, que aun me temblaban las piernas.
Todavía no creía lo que había podido presenciar con mis propios ojos. Antes de llegar a la gasolinera norte, cerca a uno de los últimos comercios antes de llegar a la salida de la ciudad, pude ver a un grupo de personas. O quizás no eran personas. Parecían... humanos, ensangrentados, con heridas que debían haberlos llevado a estar desangrándose en el suelo o quizás... quizás muertos. Pero no, estaban en pie. Y me miraron. Fue como si me hubiesen escuchado u olido aun estando en el interior del vehículo. Fue entonces cuando contemplé una pila de cadáveres a sus pies. Entre ellos, algunos aún lucían el mismo uniforme que yo. Por eso... por eso me marché a toda prisa.
El miedo me había invadido por primera vez y eso había hecho que dejase de lado a mis compañeros. Conforme pasaban los minutos, mientras había llegado a casa para equiparme con una mochila vieja y recoger a Eros, empezaba a asimilar poco a poco que me despedirían cuando todo acabase. Pero ¿Cuando acabaría? De forma totalmente negligente, usé el coche de comisaría para conducir una vez más. Por suerte, Eros era un perro lo suficientemente tranquilo e inteligente como para no destrozar la tapicería del vehículo, incluso si, a pocos kilómetros de nosotros, se oían aun disparos y gritos ahogados. — ¿Qué está pasando? Maldita sea —murmuré entre dientes. Todo empezaba a apuntar que el problema, fuera cual fuese, estaba siendo demasiado gordo, demasiado imparable y extremadamente peligroso. Lo suficiente como para que tuviese que hacer de tripas corazón una vez más en mi vida.
El frío invierno parecía no querer perdonar incluso aquella noche. Lo había pasado francamente mal cuando decidí darle la vuelta al chaleco del uniforme para que nadie me reconociese como policía, pues el simple hecho de desvestirme había conseguido que la helada me calase hasta los huesos, la cual volví a sentir nada más bajarnos del coche. Por suerte, Eros parecía resistir bien.
La verja de la casa estaba hecha un desastre. El óxido se había apoderado de casi toda la malla, la cual podría cortar si quisiera con unos alicates. Claro que, de hacerlo, poco o nada podría robar allí. El diminuto jardín que separaba la calle de la entrada de la casa, estaba descuidado, lleno de malas hiervas y colillas. Sólo un entusiasta de las ortigas encontraría en aquel lugar un tesoro. Por ello, probé a empujar la puerta, que estaba hecha del mismo material que la verja. Sin apenas esfuerzos, cedió por completo. El muy estúpido de Liam no había optado por asegurarla con algún candado o algo útil. — Vamos, Eros —le ordené al animal con resignación mientras tiraba de su correa. Me sentía verdaderamente mal por estar allí.
Cuando llamé a la puerta con las manos, dado que el timbre estaba estropeado, no me sorprendí porque nadie abriese la puerta en un tiempo normal. Del interior de la casa provenía un completo musical de metal, que, estaba segura, una vez se abriese la puerta, me reventaría los oídos. Probé a aporrear la puerta una vez más, dejándome los nudillos de manera desesperada en aquel intento. Solo entonces, la música pareció disminuir. Tras unos segundos en los que sólo se oían pasos vagos y arrastrados, la puerta se abrió.
Liam y yo nos miramos durante largos segundos sin saber qué decir. Por mi parte, no encontré forma de explicarle todo cuanto estaba pasando y la razón que me había llevado a estar allí mientras seguía mirándome con cara de pasmado. Él, supuse, tendría una mezcla de sentimientos y emociones en el cuerpo. — ¿Nelly? —se limitó a preguntar. La forma lenta y adormilada con la que pronunció mi nombre me hizo saber que no estaba en condiciones de nada. — ¿Qué haces aquí a estas horas? Es muy tarde.
— ¿No te has enterado?
— ¿De qué me tengo que enterar? —preguntó con enorme desgana y un tanto de ofensa. El muy imbécil debía estar pensando que le preguntaba por temas personales.
— Joder, Liam —gruñí. Me abrí paso hasta el interior de la casa empujándole y tirando de la correa de Eros. Mi hermano no pudo articular palabra, pero pude sentir la tensión en su cuerpo mientras cerraba la puerta a mis espaldas.
Apenas me detuve a echar un vistazo al interior de la casa. Hacía más de seis meses que no pasaba por allí, pero tampoco había ido a juzgar el estado de dejadez de su hogar. El humo en el ambiente y el olor a hierba fue suficiente para entender que, en efecto, Liam no había cambiado. — ¿Estas solo?—pregunté ajetreada. Solté la correa de Eros y caminé directa hacia el salón de la casa, el cual estaba al girar a la derecha desde mi posición. Mi hermano me siguió los pasos con la misma aceleración. Le vi recoger trastos que había sobre la mesita frente al sofá sucio y raído. Apenas alcancé a ver de qué se trataba mientras buscaba el mando de la televisión. De reojo, comprendí que estaba lleno de bolsas de comida rápida que apestaban.
— ¿Qué pasa? ¿Es que sales en la tele? —bromeó con sonrisa bobalicona. Le hubiese reprendido de no ser porque percibí nuevamente disparos desde el exterior de la casa, en la lejanía. Los disparos sonaban repetidos, como propios de un rifle. En comisaría no teníamos rifles... — ¿Qué cojones es eso? —preguntó mi hermano, recuperando algo de seriedad en el rostro.
— Eso es por lo que he venido aquí —respondí con nerviosismo cuando por fin encontré el mando de la televisión. Encendí el aparato y parecía que estaba estropeado. La mayoría de canales no funcionaban y mostraban una pantalla en negro constante. Sólo un canal, el nacional, emitía lo que parecían ser unas grabaciones desde el aire, presumiblemente filmadas desde un helicóptero. sobrevolaban la salida norte de la ciudad, seguramente, minutos antes de que yo llegase. La carretera estaba llena de gente que corría siendo perseguidos por esos mismos seres que había visto antes. Mientras yo seguía sin habla, contemplando la escena, Liam caminó con sus pies descalzos hasta el sofá. Se sentó de un salto y con las rodillas cruzadas, como cuando éramos niños.
— ¿Que demonios son esas cosas?
— No lo sé, Liam...—tragué saliva — Recibí una llamada de emergencia y fui... y cuando las vi... vine corriendo hasta aquí.
— ¿Tan peligrosas son?
— ¡¿A caso no oyes los disparos?! —pregunté exaltada. Agradecí que Liam entendiese que estaba hecha nervios y que la lengua me perdía en aquellos instantes, pues no dijo nada. — He visto a gente correr, muchísima gente. Ahora, estas calles están vacías. Algo muy gordo está pasando.
— ¿Y no deberías estar en comisaria?
— ¿Y dejarte aquí solo? Estaba convencida de que ni te habrías enterado de esto. Joder, Liam. Debes ser la última persona en esta maldita ciudad que se ha enterado de que tenemos un problema bastante peligroso sobre nosotros —gruñí de nuevo. Mi hermano fue a hablar, pero su atención se vio sumergida den las grabaciones que se repetían en bucle en la televisión. En como una de esas criaturas se abalanzaba sobre el cuerpo de un hombre y arrancaba su piel a tiras a base de mordiscos.
— Joder, joder, joder... —comenzó a murmurar, poniéndose en pie y caminando en círculos al rededor del salón — ¿Que cojones he consumido? —aquella pregunta me dañó tanto la moral, que le arrojé el mando de la televisión a la cabeza. Un golpe doloroso, totalmente certero.
— ¡Reacciona! ¡Esta mierda es real!—insistí con lágrimas en los ojos que no llegaron a derramarse.
— Mira, mira, mira. Un comunicado —señaló con el dedo a la pantalla mientras se acariciaba la zona de la cabeza en la que le había golpeado. Un letrero de color rojo aparecía en la pantalla, con letras grandes y claras que pasaban a un lado para poder ser leídas. Era un mensaje de una unidad llamada F.E.S.E., la cual aconsejaba a los ciudadanos que se dirigiesen a la salida oeste de la ciudad para ser evacuados. Alertaban de que se había dado una fuga en los laboratorios ubicados en mitad del bosque, el cual estaba ubicado muy cerca del lago que había al norte de la región, y que dicha fuga era la que estaba provocando problemas en la ciudad.
— ¿Que demonios es F.E.S.E.? —pregunté con extrañeza.
— Si no lo sabes tú...— murmuró Liam a mis espaldas. Le lancé una mirada llena de preocupación. De alguna forma, se me debía caer la cara de vergüenza por estar allí, en su casa, suplicándole sin palabras que uniésemos fuerzas en una situación como aquella. Él suspiró y se rascó la cabeza una vez más.
— ¿Vamos a ir a la salida? ¿A que nos evacuen?
— Supongo que es lo más inteligente...
— Llevas una pipa, no deberíamos tener problemas — Di un sobresalto involuntario cuando recordé que aún tenía el arma reglamentaria colgada del cinturón. Otra negligencia más.
— Me parece que esto no es suficiente para retener a esas cosas. Nos hemos quedado sin agentes en comisaría.
— ¿Me estás diciendo que nada nos protege de eso? —preguntó señalando a la televisión, justo en el momento en el que otra criatura se abalanzaba sobre el cuello de una mujer y lo hacía trizas.
— Exactamente eso, a menos que Lizbeth haya conseguido localizar a las unidades de las ciudades cercanas y lleguen refuerzos. De momento, solo tenemos a esos F.E.S.E.
— ¿Y confías en esa evacuación? —aquella pregunta, cargada de lucidez, me hizo reflexionar. Se oyó un grito cercano, seguramente emitido desde la misma calle en la que Liam vivía. Éste corrió hacia la ventana, y en apenas unos segundos, pudo observar algo que hizo que su piel se volviese pálida como la nieve. Cerró las persianas de un tirón y se tropezó, cayendo al suelo con su propio trasero. Empezó a sudar, a ponerse excesivamente nervioso. — ¡Joder, joder! —gritó con desesperación.
— ¿Que... que hay ahí...?
— Eso... eso que se ve ahí — señaló a la televisión. Un nuevo grito, ahogado y lleno de lamento, nos hizo entender que la persona que lo emitió falleció segundos después.
— Liam... prepara una mochila... una buena... —tragué saliva — Nos tenemos que ir de la ciudad.
El frío invierno parecía no querer perdonar incluso aquella noche. Lo había pasado francamente mal cuando decidí darle la vuelta al chaleco del uniforme para que nadie me reconociese como policía, pues el simple hecho de desvestirme había conseguido que la helada me calase hasta los huesos, la cual volví a sentir nada más bajarnos del coche. Por suerte, Eros parecía resistir bien.
La verja de la casa estaba hecha un desastre. El óxido se había apoderado de casi toda la malla, la cual podría cortar si quisiera con unos alicates. Claro que, de hacerlo, poco o nada podría robar allí. El diminuto jardín que separaba la calle de la entrada de la casa, estaba descuidado, lleno de malas hiervas y colillas. Sólo un entusiasta de las ortigas encontraría en aquel lugar un tesoro. Por ello, probé a empujar la puerta, que estaba hecha del mismo material que la verja. Sin apenas esfuerzos, cedió por completo. El muy estúpido de Liam no había optado por asegurarla con algún candado o algo útil. — Vamos, Eros —le ordené al animal con resignación mientras tiraba de su correa. Me sentía verdaderamente mal por estar allí.
Cuando llamé a la puerta con las manos, dado que el timbre estaba estropeado, no me sorprendí porque nadie abriese la puerta en un tiempo normal. Del interior de la casa provenía un completo musical de metal, que, estaba segura, una vez se abriese la puerta, me reventaría los oídos. Probé a aporrear la puerta una vez más, dejándome los nudillos de manera desesperada en aquel intento. Solo entonces, la música pareció disminuir. Tras unos segundos en los que sólo se oían pasos vagos y arrastrados, la puerta se abrió.
Liam y yo nos miramos durante largos segundos sin saber qué decir. Por mi parte, no encontré forma de explicarle todo cuanto estaba pasando y la razón que me había llevado a estar allí mientras seguía mirándome con cara de pasmado. Él, supuse, tendría una mezcla de sentimientos y emociones en el cuerpo. — ¿Nelly? —se limitó a preguntar. La forma lenta y adormilada con la que pronunció mi nombre me hizo saber que no estaba en condiciones de nada. — ¿Qué haces aquí a estas horas? Es muy tarde.
— ¿No te has enterado?
— ¿De qué me tengo que enterar? —preguntó con enorme desgana y un tanto de ofensa. El muy imbécil debía estar pensando que le preguntaba por temas personales.
— Joder, Liam —gruñí. Me abrí paso hasta el interior de la casa empujándole y tirando de la correa de Eros. Mi hermano no pudo articular palabra, pero pude sentir la tensión en su cuerpo mientras cerraba la puerta a mis espaldas.
Apenas me detuve a echar un vistazo al interior de la casa. Hacía más de seis meses que no pasaba por allí, pero tampoco había ido a juzgar el estado de dejadez de su hogar. El humo en el ambiente y el olor a hierba fue suficiente para entender que, en efecto, Liam no había cambiado. — ¿Estas solo?—pregunté ajetreada. Solté la correa de Eros y caminé directa hacia el salón de la casa, el cual estaba al girar a la derecha desde mi posición. Mi hermano me siguió los pasos con la misma aceleración. Le vi recoger trastos que había sobre la mesita frente al sofá sucio y raído. Apenas alcancé a ver de qué se trataba mientras buscaba el mando de la televisión. De reojo, comprendí que estaba lleno de bolsas de comida rápida que apestaban.
— ¿Qué pasa? ¿Es que sales en la tele? —bromeó con sonrisa bobalicona. Le hubiese reprendido de no ser porque percibí nuevamente disparos desde el exterior de la casa, en la lejanía. Los disparos sonaban repetidos, como propios de un rifle. En comisaría no teníamos rifles... — ¿Qué cojones es eso? —preguntó mi hermano, recuperando algo de seriedad en el rostro.
— Eso es por lo que he venido aquí —respondí con nerviosismo cuando por fin encontré el mando de la televisión. Encendí el aparato y parecía que estaba estropeado. La mayoría de canales no funcionaban y mostraban una pantalla en negro constante. Sólo un canal, el nacional, emitía lo que parecían ser unas grabaciones desde el aire, presumiblemente filmadas desde un helicóptero. sobrevolaban la salida norte de la ciudad, seguramente, minutos antes de que yo llegase. La carretera estaba llena de gente que corría siendo perseguidos por esos mismos seres que había visto antes. Mientras yo seguía sin habla, contemplando la escena, Liam caminó con sus pies descalzos hasta el sofá. Se sentó de un salto y con las rodillas cruzadas, como cuando éramos niños.
— ¿Que demonios son esas cosas?
— No lo sé, Liam...—tragué saliva — Recibí una llamada de emergencia y fui... y cuando las vi... vine corriendo hasta aquí.
— ¿Tan peligrosas son?
— ¡¿A caso no oyes los disparos?! —pregunté exaltada. Agradecí que Liam entendiese que estaba hecha nervios y que la lengua me perdía en aquellos instantes, pues no dijo nada. — He visto a gente correr, muchísima gente. Ahora, estas calles están vacías. Algo muy gordo está pasando.
— ¿Y no deberías estar en comisaria?
— ¿Y dejarte aquí solo? Estaba convencida de que ni te habrías enterado de esto. Joder, Liam. Debes ser la última persona en esta maldita ciudad que se ha enterado de que tenemos un problema bastante peligroso sobre nosotros —gruñí de nuevo. Mi hermano fue a hablar, pero su atención se vio sumergida den las grabaciones que se repetían en bucle en la televisión. En como una de esas criaturas se abalanzaba sobre el cuerpo de un hombre y arrancaba su piel a tiras a base de mordiscos.
— Joder, joder, joder... —comenzó a murmurar, poniéndose en pie y caminando en círculos al rededor del salón — ¿Que cojones he consumido? —aquella pregunta me dañó tanto la moral, que le arrojé el mando de la televisión a la cabeza. Un golpe doloroso, totalmente certero.
— ¡Reacciona! ¡Esta mierda es real!—insistí con lágrimas en los ojos que no llegaron a derramarse.
— Mira, mira, mira. Un comunicado —señaló con el dedo a la pantalla mientras se acariciaba la zona de la cabeza en la que le había golpeado. Un letrero de color rojo aparecía en la pantalla, con letras grandes y claras que pasaban a un lado para poder ser leídas. Era un mensaje de una unidad llamada F.E.S.E., la cual aconsejaba a los ciudadanos que se dirigiesen a la salida oeste de la ciudad para ser evacuados. Alertaban de que se había dado una fuga en los laboratorios ubicados en mitad del bosque, el cual estaba ubicado muy cerca del lago que había al norte de la región, y que dicha fuga era la que estaba provocando problemas en la ciudad.
— ¿Que demonios es F.E.S.E.? —pregunté con extrañeza.
— Si no lo sabes tú...— murmuró Liam a mis espaldas. Le lancé una mirada llena de preocupación. De alguna forma, se me debía caer la cara de vergüenza por estar allí, en su casa, suplicándole sin palabras que uniésemos fuerzas en una situación como aquella. Él suspiró y se rascó la cabeza una vez más.
— ¿Vamos a ir a la salida? ¿A que nos evacuen?
— Supongo que es lo más inteligente...
— Llevas una pipa, no deberíamos tener problemas — Di un sobresalto involuntario cuando recordé que aún tenía el arma reglamentaria colgada del cinturón. Otra negligencia más.
— Me parece que esto no es suficiente para retener a esas cosas. Nos hemos quedado sin agentes en comisaría.
— ¿Me estás diciendo que nada nos protege de eso? —preguntó señalando a la televisión, justo en el momento en el que otra criatura se abalanzaba sobre el cuello de una mujer y lo hacía trizas.
— Exactamente eso, a menos que Lizbeth haya conseguido localizar a las unidades de las ciudades cercanas y lleguen refuerzos. De momento, solo tenemos a esos F.E.S.E.
— ¿Y confías en esa evacuación? —aquella pregunta, cargada de lucidez, me hizo reflexionar. Se oyó un grito cercano, seguramente emitido desde la misma calle en la que Liam vivía. Éste corrió hacia la ventana, y en apenas unos segundos, pudo observar algo que hizo que su piel se volviese pálida como la nieve. Cerró las persianas de un tirón y se tropezó, cayendo al suelo con su propio trasero. Empezó a sudar, a ponerse excesivamente nervioso. — ¡Joder, joder! —gritó con desesperación.
— ¿Que... que hay ahí...?
— Eso... eso que se ve ahí — señaló a la televisión. Un nuevo grito, ahogado y lleno de lamento, nos hizo entender que la persona que lo emitió falleció segundos después.
— Liam... prepara una mochila... una buena... —tragué saliva — Nos tenemos que ir de la ciudad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario